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San Ignacio de Loyola, protocarlista

julio 31, 2013

sanignaciodeloyola

Parecerá últimamente que LAS LIBERTADES se haya convertido en una especie de santoral. Y es que el calendario nos sirve no sólo para honrar a los santos, sino para introducir otros asuntos.

Hoy es la fiesta de San Ignacio de Loyola, confesor, fundador de la Compañía de Jesús. Una Compañía de Jesús hoy prácticamente desaparecida, por más que queden algunos jesuitas aislados. Aislados, sí, pues nadie aborrece más a los hijos fieles de San Ignacio que sus supuestos compañeros en esa congregación que, si no ha cambiado de nombre, ha cambiado en todo lo demás.

Los carlistas asturianos que pasan de los cuarenta años aún recuerdan cómo llegó, furtivamente, la noticia de que el Padre Manuel Soto Álvarez S.I., capellán del Círculo Cultural Juan Vázquez de Mella, había sido trasladado a Villagarcía de Campos, al antaño próspero noviciado que hoy, ya prácticamente sin vocaciones, ha sido convertido en moridero. Y allí murió enseguida, en el año 2002.

El Padre Soto nos sirve como ejemplo de la larga y estrecha relación entre la Compañía de Jesús y el Carlismo. Manuel Soto era de vieja familia tradicionalista gijonesa, requeté veterano del Tercio de Navarra. Muchos jesuitas fueron capellanes de requetés, y muchas familias carlistas entregaron hijos a la Compañía. Ya en 1833, poco después de haber sido restaurada la congregación fundada por San Ignacio, el Rey en el exilio tenía jesuitas a su alrededor. Todavía en la III Guerra Carlista recordaba el Padre Coloma que la mayoría de los presbíteros jesuitas rezaban en la Misa la colecta Et famulos así: Pro Rege nostro Carolo… Luego algunos (Luis Coloma, recién ordenado, entre ellos) empezaron a cambiar, en cobardía posibilista, a rezar por el Usurpador: «Pro Rege nostro Ildefonso». Algo más tarde vendría el nefasto Ángel Ayala, pionero de la «democracia cristiana» en España, así como los promotores de «sindicatos» católicos amarillos que sirvieron a la propaganda roja para calumniar al sindicalismo católico en su conjunto.

Pero al mismo tiempo, muchos jesuitas seguían fieles. La controversia interna entre integristas y posibilistas (liberales, en realidad) sacudió a la Compañía en España durante las primeras décadas del siglo XX; pero los pesos pesados, por su saber y santidad, eran antiliberales. España era, por así decirlo, la mitad de la Compañía de Jesús en el mundo; pero en la otra mitad, o en muchas partes de ella, la heterodoxia, el americanismo, el modernismo, habían hecho ya mella. Vino la II República y expulsó a los jesuitas. Los jóvenes recibieron formación en el extranjero, sobre todo en Europa. Cuando estos jóvenes llegaron a puestos de mando, a partir de la década de 1950, el declive empezó. Con el Vaticano II y con el Padre Arrupe como General, el declive se convirtió en desastre,  en autodemolición rapidísima y en una voluntad luciferina de ayudar a demoler cuanto quedase de la vieja Fe, de la vieja Misa, de la vieja Iglesia. Voluntad que no dudó en intentar aplastar a los jesuitas que permanecieron fieles.

¡Qué contraste con la Compañía de Jesús que fundara San Ignacio en el siglo XVI! Si el Concilio de Trento fue en no poca medida la extensión a la Iglesia universal de las reformas impulsadas por los Reyes Católicos en las Españas, los jesuitas encarnaron como nadie la doctrina y el espíritu tridentinos.

Ese mismo espíritu los aproximaba tanto al Carlismo en los siglos XIX y XX. Para empezar, Unidad Católica radical, sin tolerancias ni ecumenismos. Para muestra, párrafos de una carta del propio San Ignacio de Loyola a San Pedro Canisio, en 1554, sobre el problema de los protestantes en Alemania:

Los predicadores de herejías, los heresiarcas y, en suma, cuantos se hallare que contagian a otros con esta pestilencia, parece que deben ser castigados con graves penas. Sería bien se publicase en todas partes, que los que dentro de un mes desde el día de la publicación se arrepintiesen, alcanzarían benigno perdón en ambos foros, y que, pasado este tiempo, los que fueren convencidos de herejía, serían infames e inhábiles para todos los honores. Y aun, pareciendo ser posible, tal vez fuese prudente consejo penarlos con destierro o cárcel, y hasta alguna vez con la muerte […]

Quien no se guardase de llamar a los herejes «evangélicos», convendría pagase alguna multa, porque no se goce el demonio de que los enemigos del Evangelio y de la cruz de Cristo tomen un nombre contrario a sus obras; y a los herejes se los ha de llamar por su nombre, para que dé horror hasta nombrar a los que son tales, y cubren el veneno mortal con el velo de un nombre de salud.

Defensa de la Realeza Social de Nuestro Señor Jesucristo, de la legitimidad y del orden natural, que llevó a los jesuitas de antaño a ser los más encarnizados enemigos de la Masonería, y a su vez a convertirse en la congregación religiosa más odiada por ésta. Otra feliz coincidencia: ningún «rey» liberal (todos ellos o masones o dependientes de la masonería) asistió nunca a los congresos antimasónicos, de los cuales los más brillantes eran promovidos por los jesuitas. Los exiliados reyes legítimos Don Carlos VII y Don Javier I sí asistieron y presidieron sus sesiones. Y hoy la realeza antimasónica está representada por el Regente Don Sixto Enrique de Borbón, Abanderado de la Tradición.

En sus Ejercicios Espirituales nos propone San Ignacio de Loyola la «Meditación de dos banderas, la una de Christo, summo capitán y señor nuestro; la otra de Lucifer, mortal enemigo de nuestra humana natura».

La bandera de Cristo, de Cristo Rey, es hoy la de Dios, Patria, Fueros y Rey legítimo. No queda ya, por desgracia, Compañía de Jesús que merezca este nombre; sí queda, por la misericordia de Dios, la Comunión Tradicionalista.

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