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La Cruz y San Mateo. (Cualquier tiempo pasado fue verdaderamente mejor)

septiembre 17, 2021

Los que, propios o extraños, veis con especial agrado el aspecto de capital animada y culta que tiene Oviedo, ¿no percibís a través de sus lindos hoteles, sus magníficas modernas viviendas, sus jardines, sus paseos, sus comercios y alumbrados, su lujo, su vida y actividad, algo, que revela a la ciudad antigua con sus calles tortuosas, su caserío desigual, sus volados sobre las aceras y sus edificios públicos e iglesias, que ostentan el sello de pasados siglos? ¿No observáis también como centinela avisado, que vigila sobre la ciudad, o mejor dicho, como cariñosa madre, que vela junto a sus hijos, la esbelta torre de la Iglesia de San Salvador, cuya cruz en lo más alto de la gallarda ojival aguja se percibe desde los extremos todos de la población, desde San Francisco y desde el Rosal, desde la Puerta-nueva y calle de la Vega, lo mismo que desde Cimadevilla, los Estancos y avenidas del Bombé y del Hospicio?

Esa torre y esa Cruz van unidas tan indisolublemente a nuestra historia, vida y tradiciones, que si el Oviedo actual renegase de la Cruz, que se alza sobre su primer templo, incurriría en la más torpe ingratitud, quedando por ello reducida nuestra capital a un cuerpo sin alma y a un organismo fastuoso de apariencia deslumbradora, pero falto del aliento vivificante, que a los pueblos todos presta la idea religiosa y el culto de lo sobrenatural.

Al calor de esta idea nació Oviedo, cuyos fundadores aquí vinieron por impulso religioso a enseñar a los naturales a alabar a Dios en el culto de sus Santos, y eran monjes, que roturaron no lejos de Foncalada los terrenos donde había de asentarse la primitiva población. Los primeros sucesores de Fruela edificaron templos al Dios vivo; y de Alfonso el Casto y de Ramiro y de otros monarcas asturianos cuentan las crónicas rasgos de piedad cristiana, que atestiguan todavía con elocuencia muda restos arqueológicos de subido valor.

Alfonso el Casto recogió de Monsacro el arca preciosa, que contenía las reliquias venerandas, que la piedad de los Obispos pudo sustraer al pillaje de los hijos de Mahoma, vencedores junto al Guadalete; y depositado tan rico tesoro en la Iglesia Catedral, se buscó en la Cámara Santa un recinto a propósito para contener aquellos santos despojos y religiosos trofeos, a fin de que ante ellos pudieran postrarse con respetuosa y viva fe los naturales de Asturias y los católicos de las más apartadas regiones. Prelados y Reyes, pueblo y magnates, españoles y extranjeros se esmeraron a porfía, durante los siglos medios y en tiempos posteriores, en dar a las Santas Reliquias de la Iglesia ovetense toda la importancia que merecían en la esfera de la piedad y de la Religión. La Santa Sede, por su parte, se mostró liberal en la concesión de gracias espirituales a nuestra insigne Catedral; y entre otros muchos privilegios le fue otorgado el del Jubileo de la Santa Cruz.

Como en las Santas Reliquias figuran en primer término las dos célebres Cruces, la Cruz de la Victoria, que el egregio Don Pelayo llevaba en sus manos al debelar contra la morisma en las fragosidades de Covadonga, y la Cruz de los Ángeles, presente, de origen sobrehumano, que otorgó la divina Misericordia a uno de los más insignes Reyes de Asturias; como hay también en la Cámara Santa un pequeño Lignum Crucis, custodiándose igualmente allí un Crucifijo de toscos perfiles cuanto remota y venerable antigüedad, habiendo asimismo algunas espinas de la Corona del Salvador, con más de un trozo de la Sábana Santa, y sobre todo la riquísima e inapreciable reliquia del Santo Sudario, todos estos recuerdos, documentos y testigos de la Pasión adorable del Hijo de Dios, explican perfectamente el acierto con que los promovedores del Jubileo y el Jefe augusto de la Iglesia, al concederlo, eligieron la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz como tiempo el más propicio para derramar abundantemente sobre los fieles el raudal de gracias espirituales, de que la Iglesia Católica es depositaria y dispensadora.

El Papa Eugenio IV fue el primero que otorgó a la Iglesia ovetense este Jubileo: Pío IV lo amplió de una manera notable en cuanto a la duración, determinando que el año en que la festividad de la Exaltación de la Santa Cruz cayese en viernes, dure aquél dos meses, uno anterior y otro posterior a la mencionada fiesta, o sea desde el catorce de agosto al catorce de octubre. Por último, Pío II había relevado al Jubileo de toda suspensión, de modo que no fuesen interrumpidas las gracias que por el mismo concede la Santa Sede, entre las cuales se cuenta la singularísima de poder los penitentes ser absueltos de todos los pecados reservados a Roma, excepto los de la Bula de la Cena.

Dura el Jubileo ordinario de la Santa Cruz dos octavas, una anterior y otra posterior a la fiesta de la Exaltación, o sea desde el seis de septiembre a primeras vísperas, hasta el veintidós a la puesta del sol. En ese período los fieles que convenientemente preparados con la Confesión y Comunión visitaren nuestro templo Catedral, rogando a Dios por la extirpación de las herejías, aumento de la fe católica y demás piadosos fines de la Iglesia, pueden lucrar indulgencia plenaria; y esto cuantas veces practicaren las obras prescriptas, pues el Jubileo es de los llamados toties quoties.

Y como la octava de la Santa Cruz coincide con la fiesta de San Mateo, ya de muy antiguo la mayoría de fieles, sobre todo de puntos lejanos, aprovechaba la víspera y día del Santo Apóstol para venir a la ciudad, purificar su conciencia, visitar la Iglesia Catedral; y la gente de aldea procurar de paso adquirir en Oviedo algunos útiles de labranza y enseres de recolección de frutos, que en ese tiempo tienen su especial mercado.

Así se explica bien que la Cruz y San Mateo vengan unidos de muy antiguo en la vida religiosa de la ciudad de Oviedo. Y como Zaragoza tiene su Virgen del Pilar y Madrid su San Isidro y Valencia su San Vicente y Compostela su Santiago, así Oviedo tenía y tiene el Jubileo de la Santa Cruz como centro de atracción de voluntades para los verdaderos creyentes; y cualesquiera sean las vicisitudes de los tiempos, lo permanente, lo invariable será entre nosotros, en tan clásicos días, la solemnidad religiosa de la Catedral Basílica y la explosión de cristianos afectos que a la devoción inspira siempre el misterio adorable de la Cruz.

No eran necesarios festejos ni luminarias, ni músicas, ni bullicio en aquellos tiempos, bien cercanos todavía a las nuestros, en que las gentes dormían sobre el duro suelo, bajo los soportales que hay frente a la Catedral, esperando vez a las puertas del Santo Templo en la madrugada del veintiuno; no eran precisos, repetimos, aquellos alicientes para que el Jubileo revistiese un carácter eminentemente popular.

Hoy, aunque para la gente superficial los toros y las cintas y el teatro lo sean todo, hay todavía, a Dios gracias, gentes de todo sexo, edad y condición, que saben que no sólo de pan vive el hombre, y que buscan en las gracias espirituales del Jubileo algo que conforte al espíritu en las luchas y vaivenes de la vida. Lo moderno ni debe ser, ni es en muchas ocasiones adversario de lo tradicional y antiguo. Muchos de los dueños o inquilinos de las suntuosas viviendas, que hacen del Oviedo actual una población distinguida y culta, van al templo en estos días a postrarse ante el ministro del Señor: y esa locomotora, cuyo silbido parece querer ahogar a veces el dulce son de las campanas, conduce en los coches que arrastra devotos peregrinos que con fe y piedad sinceras, al llegar a la ciudad, reservan su primera mirada para la Cruz Santa que corona la alta torre, y se postran después reverentes ante el Santo Sudario, murmurando fervorosa plegaria en presencia de la inestimable reliquia, que precisamente por el mucho concurso de gentes, se enseña mañana y tarde el día de San Mateo.

Este artículo se publicó originalmente en el número 38 de LAS LIBERTADES, de fecha 17 de septiembre de 1893. Explica muy bien cómo vino a celebrarse San Mateo, que no es el santo patrono de Oviedo, aunque pudiera parecerlo. Hoy, cuando se han olvidado las octavas (salvo entre los católicos estrictísimamente fieles a la tradición), poco se entenderá esa relación entre la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, 14 de septiembre, y la de San Mateo, apóstol y evangelista, 21 de septiembre. Menos aún se reconocerá aquel Oviedo, ni en su urbanismo ni en sus piadosas costumbres. Y es que tantos años de liberalismo, político, económico y religioso, han pasado factura.

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8 de septiembre, fiesta de la Virgen de Covadonga, no «Día de Asturias»

septiembre 7, 2021

Nota de la Diputación Permanente de la Junta Carlista del Principado de Asturias:

En esta víspera de la Natividad de Nuestra Señora, fiesta de la Santísima Virgen de Covadonga, los carlistas asturianos recordamos un año más lo obvio: que el ocho de septiembre es la fiesta de la Santísima Virgen de Covadonga, la Santina, Patrona de Asturias. En cambio no es ni puede ser —por más que se empeñen los políticos parásitos— un «Día de Asturias» secularizado, laico y absurdo, mediante el cual esos políticos parásitos y sus cómplices intentan hacer olvidar el sentido verdadero de esta fiesta.

Asturias es católica y mariana, le pese a quien le pese. La Natividad de Nuestra Señora es una de las fiestas más antiguas de entre las dedicadas a la Madre de Dios. El catolicismo asturiano, gracias a la Reconquista, es el más antiguo de España; la festividad del ocho de septiembre es la de la patrona de los más antiguos santuarios marianos de la región, no sólo de Covadonga.

La «comunidad autónoma» y la casta de los políticos que la desgobiernan; que saquean y empobrecen a Asturias y a los asturianos; que con el pretexto del coronavirus implantan una Umma a manera de dictadura sanitaria, no tiene nada que celebrar el ocho de septiembre. Que no oscurezcan la fiesta de Covadonga con sus afrancesadas celebraciones laicas, ni con sus ridículas «Medallas de Asturias» otorgadas a los suyos.

Santina de Covadonga, ruega por nosotros.

Oviedo, 7 de septiembre de 2021.

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Cacicada antitaurina en Gijón

agosto 19, 2021
Plaza de toros del Bibio, Gijón (foto Nwalme)

Nota de la Junta Local de Gijón de la Comunión Tradicionalista:

La villa de Gijón y su alcaldesa son el hazmerreír de España entera. Hace un día Ana González Rodríguez (muy pocos gijoneses reconocen su nombre) decretó por sí y ante sí el fin de las corridas de toros en Gijón. El pretexto, los nombres de dos de los lidiados en la última Feria de Begoña: «Feminista» y «Nigeriano».

Da miedo pensar que la alcaldesa sea profesora de instituto (en excedencia, claro). Porque su ignorancia da para llenar enciclopedias. Los linajes o reatas de ganado bravo van recibiendo el nombre de la vaca de la que proceden. Para que esos nombres («contra los derechos humanos», según Ana González) hubieran llevado la aviesa intención que la ultraprogresista alcaldesa les atribuye, la conspiración habría tenido que empezar hace unas cuantas décadas…

Da miedo también que se ignore que hay constancia documental de festejos taurinos en Asturias desde hace más de mil doscientos años. Es decir: la tauromaquia es más antigua que casi todo lo que hoy consideramos típicamente asturiano.

Pero sobre todo dan miedo el desprecio a Gijón y a los gijoneses; la voluntad totalitaria, animalista y «políticamente correcta» que encuentra su más acabada expresión hasta la fecha en la citada alcaldesa. Una ovetense impuesta como candidata por el P.S.O.E., que ni siquiera vivía en Gijón (al principio de su mandato se empeñaba en que el coche oficial la trajese y llevase a diario a su domicilio de La Fresneda) y que desde 2019 avergüenza al concejo en el que caciquea con mal estilo y peor intención.

La fiesta de los toros y la Feria de Begoña deben mantenerse en Gijón. La que sobra aquí es Ana González Rodríguez.

Gijón, 19 de agosto de 2021.

Romances modernos de toros, guerra y caza, por Jesús Evaristo Casariego. Prólogo de Agustín de Foxá, epílogo de Manuel Machado. Ilustraciones de Antonio Casero, Jesús Bernal y Gustavo Doré. Madrid, 1945
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Misas, peregrinaciones y confusiones

julio 23, 2021
El «Breve examen crítico del Novus Ordo Missae» (1969) es un documento que conviene leer y releer

Ha causado considerable revuelo una noticia de LAS LIBERTADES en las redes sociales acerca de una peregrinación a Covadonga anunciada para este mes de julio por una asociación denominada «Nuestra Señora de la Cristiandad – España». El nombre suena bien, si no se conocen sus motivaciones: es la traducción al español del nombre de la asociación francesa «Notre-Dame de Chrétienté», que en 1988 rompió la unidad de la famosa peregrinación tradicionalista de Pentecostés a Chartres, optando por la «línea media» del vaticanosegundismo con el adorno incongruente de la Misa tradicional (siempre que se lo permitan). Entre otros méritos históricos, la asociación francesa cuenta con los de la promoción de la «ikurriña» —la bandera separatista antivasca y antiespañola— y de los atuendos y comportamientos inapropiados para una peregrinación católica (en Internet pueden encontrarse y compararse fotografías de las dos peregrinaciones: la París-Chartres, que es la de «Notre-Dame de Chrétienté», y la Chartres-París, que es la más fiel a la original aunque haya tenido que invertir la ruta).

Ha habido frecuente participación carlista en dicha peregrinación francesa, antes de la división y, después de ella, en la Chartres-París. A la otra, la de «Notre-Dame de Chrétienté» se han apuntado en los últimos años unos pocos —muy pocos— falsos carlistas, demócratacristianos de la FCTC (falsa comunión tradicionalista carlista). Con estos antecedentes se empezará a entender el recelo que en LAS LIBERTADES provocó la aparición de una imitación española de la peregrinación semitradicionalista francesa.

Nos consta la buena voluntad de los enlaces asturianos de este proyecto de peregrinación. Lo que tememos es que se hayan visto sorprendidos en su buena fe. Un vistazo a los «capítulos» de peregrinos anunciados en la página web de «Nuestra Señora de la Cristiandad – España» muestra, para quienes tengan cierto conocimiento del mundillo próximo al tradicionalismo (pero no tradicionalista propiamente) y de los «católicos» conservadores españoles, que muchos de ellos no sólo no han tenido nunca interés en la Santa Misa tradicional, objeto oficial de esta peregrinación, sino que en algún caso tienen historial de hostilidad hacia ella.

También aparecen entre los «capítulos» asociaciones supuestamente próximas al carlismo. En realidad ninguna de ellas lo es. Se nos ha dicho, por otra parte, que la organización ha prohibido el uso de boinas rojas y otros símbolos de la causa legitimista: motivo suficiente para que ningún carlista de verdad acuda.

Los términos utilizados por los organizadores, desde la consabida «forma extraordinaria del rito romano» (enviada al cajón de los absurdos caducados por el motu proprio vaticano del pasado viernes) hasta su afectado respeto por el Novus Ordo Missae, la «misa nueva», incomodan a cualquier católico fiel a la tradición.

Hete aquí que, como decíamos, el pasado viernes salió del Vaticano un motu proprio «Traditionis custodes» que anula e invalida otro, el «Summorum Pontificum» del año 2007, que a su vez corregía en parte el motu proprio «Ecclesia Dei» de 1988 y la imposición del Novus Ordo Missae de 1969.

Sin reparar ahora en la evidente ilegalidad de todos ellos ni en los numerosos errores doctrinales que contienen (novum, ergo falsum), salta a la vista que no pueden ser obra de la Iglesia. La Santa Madre Iglesia custodia la Fe y el culto divino: no los inventa y reinventa una y otra vez; no pueden los papas contradecir una y otra vez a sus antecesores y mantener al clero y a los fieles en una constante incertidumbre. Según este proceder, el motu proprio de este mes podrá anularse y contradecirse con otro emitido dentro de poco: y luego otro al revés, y así ad infinitum.

Lo interesante es que el motu proprio ahora derogado, «Summorum Pontificum», nunca fue aplicado ni respetado, por muy «legal» y vigente que fuese, en ninguna diócesis española. Menos aún en la de Oviedo. El único sacerdote que actualmente celebra en ésta la Misa tradicional lo hace sólo domingos y festivos de precepto, con máximas dificultades (la celebración pública se ha interrumpido varias veces por no encontrar templo que la acogiese). Los sucesivos titulares de la diócesis, Carlos Osoro y Jesús Sanz, no han hecho nada por remediar la situación. Los otros sacerdotes que mostraron interés, alguno que incluso había llegado a oficiar la Misa de siempre, se encontraron con que la legalidad presuntamente vigente no se les aplicaba, y abandonaron. «Summorum Pontificum» permitía siempre y sin necesidad de permisos diocesanos la utilización del Misal de 1962. Los miembros de la Conferencia Episcopal, en cambio, no.

Ese desprecio hacia lo que venía de Roma en 2007 contrasta con la ágil, urgentísima aplicación de la cuasi prohibición de la Misa tradicional. Sólo cinco días después de la publicación del irónicamente denominado «Traditionis custodes», Fray Jesús Sanz Montes lo ha aplicado a la peregrinación de la que hablamos. Y con burla y recochineo. Aparte de las risibles contradicciones en que incurre el franciscano conventual madrileño sobre lo que es y era legal e ilegal y ya no lo es, o sí lo es, o vaya usted a saber, prohíbe expresamente a los peregrinos que la Santa Misa tradicional se celebre en cualquier templo de la diócesis. Para colmo, habla directamente en nombre de los organizadores, cor unum: «Tanto los jóvenes de esta organización, como todos los obispos que estamos de veras en comunión con el Papa, acatamos filialmente sus disposiciones. En este sentido quiero aclarar a nuestra comunidad diocesana, en especial a los sacerdotes, cómo he procedido ante esta Asociación Ntra. Sra. de la Cristiandad ante el nuevo escenario canónico, con total aceptación por su parte».

Suponemos que también «filialmente», atención, Sanz Montes amplía por su cuenta las prohibiciones contenidas en «Traditionis custodes». Este motu proprio suprime la celebración de la Misa según el rito romano tradicional en las parroquias. El titular de la diócesis de Oviedo la impide también en su catedral y en el Santuario de Covadonga, que no son templos parroquiales.

Como se ha dicho, esa supuesta «comunión de veras con el Papa» de la que se jacta Fray Jesús no la ha aplicado, en lo que concierne a la Santa Misa, hasta el día 21 de este mes de julio. Es decir, no hasta que el nuevo cambio ha permitido volver a intentar imponer exclusivamente la nueva misa, expresión de la nueva fe de la nueva iglesia nacida del Vaticano II.

Y añade, para mayor escarnio: «No hay ningún problema, sin embargo, en celebrar allí la Santa Misa según el ordo litúrgico establecido por San Pablo VI [sic], pudiendo celebrar en latín y ad orientem». O sea, les da permiso, graciosamente, para celebrar la nueva misa, el Novus Ordo Missae, que no sufre (por desgracia) persecución ni dificultad alguna, ni —según la legislación vaticanosegundista— necesita permiso para celebrarse de cualquier manera. ¡Qué simpático, Fray Jesús!

¿Cómo han reaccionado los de «Nuestra Señora de la Cristiandad – España»?

Acogiéndose sin rechistar a otra genialidad de Fray Jesús Sanz: «Fuera de los templos e iglesias, los sacerdotes podrán celebrar la Santa Misa de campaña, observando la disciplina litúrgica y rúbricas con el Vetus ordo»; añadiendo el franciscano «siempre y cuando tengan autorización de sus Obispos correspondientes (Trad.Cust. art. 5)», lo cual, como él sabe bien, es casi imposible en España. Y añadiendo los organizadores expresiones de entusiasmo infantil y de servilismo bobalicón, en la línea de los «Papa-boys» y «Papa-girls» de las JMJ.

¿Cómo habrían reaccionado católicos verdaderamente adheridos a la tradición?

  1. Intentando que las Misas se celebren en los templos, niéguelo quien lo niegue. Es lo que se hace entre católicos: sólo se celebra fuera de los templos cuando no hay más remedio.
  2. En caso de no poder forzar la entrada, se habría recurrido a las Misas de campaña frente a los templos cerrados, poniendo de manifiesto que no se renuncia a ellos. Y se expresaría inequívocamente la protesta, no la adhesión a supuestas autoridades eclesiásticas que actúan de mala fe y contra la Fe.

Pero ya se ve que no es el caso de esta extraña peregrinación.

Una observación adicional. «Nuestra Señora de la Cristiandad – España» dice en su página de Twitter que organizan una «peregrinación anual [ya veremos] desde Oviedo al Santuario de Covadonga para contribuir a la restauración del orden social cristiano. 24 – 26 de julio de 2021». Resaltamos: «para contribuir al orden social cristiano».

Se da la circunstancia de que los «espontáneos» que han saltado en defensa de esta peregrinación en las redes sociales, en respuesta a nuestra noticia, muestran en sus perfiles de Twitter ser liberales, demócratas, constitucionalistas (al igual que Fray Jesús Sanz Montes, por cierto). Es decir: enemigos del orden social cristiano.

Quizá proceda volver sobre esto, y quizá LAS LIBERTADES lo haga. No parece fortuito, sino coordinado (aunque no muy hábilmente) el esfuerzo de ciertos grupos y tendencias por infiltrarse del campo tradicionalista; probablemente buscando quedarse con su bandera y ponerla al servicio de ciertas formas de liberalismo. Y se intuye, entre otros, al Yunque tras de ellos.

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Testamento político del Rey Don Carlos VII

julio 18, 2021

Hoy, día 18 de julio de 2021, se cumple el LXXXV aniversario del Alzamiento Nacional que en 1936 daría inicio a la Cruzada de Liberación, y el CXII de la muerte en el exilio en Varese en 1909 de Su Majestad Católica Don Carlos VII, Rey legítimo de las Españas. En la tarde de este domingo la Comunión Tradicionalista celebrará en Gijón actos conmemorativos.

A quienes entienden correctamente la historia como obra de la Providencia de Dios no se les escapará la coincidencia de ciertas fechas. Don Carlos María de los Dolores de Borbón y Austria-Este, Carlos VII, cruzó la frontera pirenaica al término de la Tercera Guerra Carlista, escoltado por el Batallón de Guías de Asturias, «los leales asturianos». Era el 28 de febrero de 1876. Entonces lanzó su famoso «¡Volveré!». Lo reiteró en su Testamento Político, fechado en Venecia el 6 de enero de 1897: «Si España es sanable, a ella volveré, aunque haya muerto. Volveré con mis principios, únicos que pueden devolverle su grandeza; volveré con mi bandera, que no rendí jamás y que he tenido el honor y la dicha de conservaros sin una sola mancha, negándome a toda componenda para que podáis tremolarla muy alta».

Murió Don Carlos VII el 18 de julio de 1909. El mismo día de 1936, reinando de iure desde su exilio en Viena su hermano Don Alfonso Carlos, el Requeté se lanzó al Alzamiento Nacional. Volvió, pues, Don Carlos con sus principios y con su bandera, aunque ya hubiese muerto. En 1939, treinta años después de la muerte de Carlos VII, alcanzó la victoria el bando nacional. El Carlismo triunfó militarmente, aunque perdió la paz y fue apartado de la organización política del nuevo régimen, que —precisamente por ese abandono de la Tradición y de la Legitimidad— no se consolidó y fue deteriorándose hasta llegar al caos actual. No obstante la Comunión Tradicionalista influyó mucho durante años para poner freno a la extranjerización, el laicismo y el totalitarismo: «gobernó desde fuera».

Para recordar cómo debía haber sido la verdadera restauración, la plena y definitiva vuelta de Don Carlos VII y sus principios, reproducimos a continuación su Testamento Político.

A los carlistas

En el pleno uso de mis facultades, cuando mi vida, más larga en experiencia que en años, no parece todavía, según las probabilidades humanas, próxima a su fin, quiero dejar consignados mis sentimientos, a vosotros, mis fieles y queridos carlistas, que sois una parte de mí mismo.

Desde mi casa del destierro, pensando en mi muerte y en la vida de España, con la mente fija en el tiempo y en la eternidad, trazo estas líneas para que, más allá de la tumba, lleven mi voz a vuestros hogares y, en ellos, evoquen la imagen del que tanto amasteis y tanto os amó.

Cuando se hagan públicas, habré ya comparecido ante la divina presencia del Supremo Juez. Él, que escudriña los corazones, sabe que no las dicta solamente un sentimiento de natural orgullo. Inspíranlas el deber y el amor a España y a vosotros, que han sido siempre norte de mi vida.

Parecíame ésta truncada si no os dejase un testamento político, condensando el fruto de mi experiencia, y que os pruebe que aun después de que mi corazón haya cesado de latir, mi alma permanece entre vosotros solícita a vuestras necesidades, reconocida a vuestro cariño, celosa de vuestro bienestar, alma, en fin, de padre amantísimo, como yo he querido ser siempre para vosotros.

Deuda de gratitud

Pago, además, una deuda de gratitud.

Sois mi familia, el ejemplo y el consuelo de toda mi vida, según he dicho en momentos solemnes. Vuestro heroísmo, vuestra constancia, vuestra abnegación, vuestra nobleza, me han servido de estímulo inmenso en los días de lucha y de prosperidad, y de fortísimo sostén en las amarguras, en los sufrimientos, en la terrible inacción, la más dura de todas las cruces, la única que ha quebrantado mis hombros en mi vida de combate.

No puedo corresponder de otra manera a todo lo que os debo, que tratando de dejaros en estos renglones lo mejor de mi espíritu.

Fe y patriotismo

En mi testamento privado confirmo la ferviente declaración de mi fe católica. Quiero aquí repetirla y confirmarla a la faz del mundo.

Sólo a Dios es dado conocer qué circunstancias rodearán mi muerte. Pero sorpréndame en el Trono de mis mayores, o en el campo de batalla, o en el ostracismo, víctima de la revolución, a la que declaré guerra implacable, espero poder exhalar mi último aliento besando un crucifijo, y pido al Redentor del mundo que acepte esta vida mía, que a España he consagrado como holocausto para la redención de España.

Con verdad os declaro que, en toda mi existencia, desde que en la infancia alborearon en mí los primeros destellos de la razón, hasta ahora que he llegado a la madurez de mi virilidad, siempre hice todo según lealmente lo entendí, y jamás dejé por hacer nada que creyese útil a nuestra Patria y a la gran Causa que durante tanto tiempo me cupo la honra de acaudillar.

«Volveré con mis principios…»

Volveré, os dije en Valcarlos, aquel amargo día, memorable entre los más memorables de mi vida. Y aquella promesa, brotada de lo más hondo de mi ser, con fe, convicción y entusiasmo inquebrantable, sigo esperando firmemente que ha de cumplirse. Pero si Dios, en sus inescrutables designios, tuviese decidido lo contrario; si mis ojos no han de ver más ese cielo que me hace encontrar pálidos todos los otros; si he de morir lejos de esta tierra bendita, cuya nostalgia me acompaña por todas partes, aún así no sería una palabra vana aquel grito de mi corazón.

Si España es sanable, a ella volveré, aunque haya muerto. Volveré con mis principios, únicos que pueden devolverle su grandeza; volveré con mi bandera, que no rendí jamás y que he tenido el honor y la dicha de conservaros sin una sola mancha, negándome a toda componenda para que podáis tremolarla muy alta.

Esperanza de gloria

La vida de un hombre es apenas un día en la vida de las naciones.

Nada habría podido mi esfuerzo personal si vuestro concurso no me hubiese ayudado a crear esa vigorosa juventud creyente y patriótica, que yo veo preparada a recoger nuestra herencia y a proseguir nuestra misión. Si en mi carrera por el mundo he logrado conservar para España esa esperanza de gloria, muero satisfecho, y cúmpleme decir con legítimo orgullo que en el destierro, en la desgracia, en la persecución, he gobernado a mi Patria más propiamente que los que se han ido pasando las riendas del Poder.

El dique antirrevolucionario

Gobernar no es transigir, como vergonzosamente creían y practicaban los adversarios políticos que me han hecho frente con las apariencias materiales del triunfo. Gobernar es resistir, a la manera que la cabeza resiste a las pasiones en el hombre bien equilibrado. Sin mi resistencia y la vuestra, ¿qué dique hubieran podido oponer al torrente revolucionario los falsos hombres de gobierno que, en mis tiempos, se han sucedido en España? Lo que del naufragio se ha salvado, lo salvamos nosotros, que no ellos; lo salvamos contra su voluntad y a costa de nuestras energías.

Dinastía inextinguible

¡Adelante, mis queridos carlistas! ¡Adelante por Dios y por España! Sea esta vuestra divisa en el combate, como fue siempre la mía; imploraremos de Dios nuevas fuerzas para que no desmayéis.

Mantened intacta vuestra fe, y el culto a nuestras tradiciones, y el amor a nuestra bandera. Mi hijo Jaime, o el que en derecho y sabiendo lo que ese derecho significa y exige, me suceda, continuará mi obra. Y aún así, si apuradas todas las amarguras, la dinastía legítima que nos ha servido de faro providencial, estuviera llamada a extinguirse, la dinastía de mis admirables carlistas, los españoles por excelencia, no se extinguirá jamás. Vosotros podéis salvar a la Patria, como la salvasteis, con el Rey a la cabeza, de las hordas mahometanas y, huérfanos de Monarca, de las legiones napoleónicas. Antepasados de los voluntarios de Alpens y de Lácar, eran los que vencieron en las Navas y en Bailén. Unos y otros llevaban la misma fe en el alma y el mismo grito de guerra en los labios.

Sacrificios fecundos

Mis sacrificios y los vuestros para formar esta gran familia española, que constituye como la guardia de honor del santuario donde se custodian nuestras tradiciones venerandas, no son, no pueden ser estériles. Dios mismo, el Dios de nuestros mayores, nos ha empeñado una tácita promesa al darnos la fuerza sobrehumana para obrar este verdadero prodigio de los tiempos modernos, manteniendo purísimos, en medio de los embates desenfrenados de la revolución victoriosa, los elementos vivos y fecundos de nuestra raza, como el caudal de un río cristalino que corriera apretado y compacto por en medio del Océano, sin que las olas del mar consiguieran amargar sus aguas.

Obreros de lo por venir

Nadie más combatido, nadie más calumniado, nadie blanco de mayores injusticias que los carlistas y yo. Para que ninguna contradicción nos faltase, hasta hemos visto con frecuencia revolverse contra nosotros a aquellos que tenían interés en ayudarnos y deber de defendernos.

Pero las ingratitudes no nos han desalentado. Obreros de lo por venir, trabajamos para la Historia, no para el medro personal de nadie. Poco nos importaban los desdenes de la hora presente, si el grano de arena que cada uno llevaba para la obra común podía convertirse mañana en base monolítica para la grandeza de la Patria. Por eso mi muerte será un duelo de familia para todos vosotros, pero no un desastre.

¡El Rey no muere!

Mucho me habéis querido, tanto como yo a vosotros y más no cabe. Sé que me lloraréis como tiernísimos hijos; pero conozco el temple de vuestras almas, y sé también que el dolor de perderme será un estímulo más para que honréis mi memoria sirviendo a nuestra Causa.

Nuestra monarquía es superior a las personas. El Rey no muere. Aunque dejéis de verme a vuestra cabeza, seguiréis, como en mi tiempo, aclamando al Rey legítimo, tradicional y español, y defendiendo los principios fundamentales de nuestro Programa.

Principios fundamentales

Consignados los tenéis en todos mis Manifiestos. Son los que he venido sosteniendo y proclamando desde la abdicación de mi amadísimo Padre (q.e.p.d), en 1868.

Planteados desde las alturas del poder, por un Rey de verdad, que cuente por colaboradores al soldado español, el primero del mundo, y a ese pueblo de gigantes, grande cual ninguno por su fe, su arrojo, su desprecio a la muerte y a todos los bienes materiales, pueden, en brevísimo tiempo, realizar mi política, que aspiraba a resucitar la vieja España de los Reyes Católicos y de Carlos V.

Gibraltar español, unión con Portugal, Marruecos para España, confederación con nuestras antiguas provincias de Ultramar; es decir: integridad, honor y grandeza. He aquí el legado que, por medios justos, yo aspiraba a dejar a mi Patria.

Si muero sin conseguirlo, no olvidéis vosotros que esa es la meta, y que para tocarla es indispensable sacudir más allá de nuestras fronteras las instituciones importadas de países que no sienten, ni razonan, ni quieren como nosotros, y restaurar las instituciones tradicionales de nuestra Historia, sin las cuales el cuerpo de la nación es cuerpo sin alma.

Respecto a los procedimientos y las formas, a todo lo que es contingente y externo, las circunstancias y las exigencias de la época indicarán las modificaciones necesarias, pero sin poner mano en los principios esenciales.

Deberes hacia Francia

Aunque España ha sido el culto de mi vida, no quise ni pude olvidar que mi nacimiento me imponía deberes hacia Francia, cuna de mi familia. Por eso allí mantuve intactos los derechos que como Jefe y Primogénito de mi Casa me corresponden.

Encargo a mis sucesores que no los abandonen, como protesta del derecho y en interés de aquella extraviada cuanto noble nación, al mismo tiempo que de la idea latina, que espero llamada a retoñar en siglos posteriores.

Quiero también dejar aquí consignada mi gratitud a la corta, pero escogida, falange de legitimistas franceses, que desde la muerte de Enrique V, vi agrupados en torno de mi Padre, y luego de mi mismo, fieles a su bandera y al derecho sálico.

A la par que a ellos, doy gracias, desde el fondo de mi alma, a los muchos hijos de la caballeresca Francia, que, con su conducta hacia mí y los míos, protestaron siempre de las injusticias de que era víctima, entre ellos, el nieto de Enrique IV y Luis XIV, constándome que los actos hostiles de los Gobiernos revolucionarios franceses, eran inspirados con frecuencia por los mayores enemigos de nuestra raza.

¡España ante todo!

Recuerden, sin embargo, los que me sucedan, que nuestro primogénito pertenece a España, la cual, para merecerlo, ha prodigado ríos de sangre y tesoros de amor.

Mi postrer saludo en la tierra será a esa gloriosa bandera amarilla y roja; y si Dios, en su infinita misericordia, tiene piedad, como espero, de mi alma, me permitirá desde el cielo ver triunfar, a la sombra de esa enseña sagrada, los ideales de toda mi vida.

La fiesta de los Mártires

Y a vosotros, que con tanto tesón los defendisteis al lado mío, alcanzará también mi supremo adiós. A todos os tendré presentes y de todos quisiera hacer aquí mención expresa. Pero ¿cómo es posible, cuando formáis un pueblo innumerable?

Inmenso es mi agradecimiento a los vivos y a los muertos de nuestra causa. Para probarlo y perpetuar su memoria instituí la fiesta nacional de nuestros Mártires. Continuadla religiosamente los que hayáis de sobrevivirme. Congregaos para estímulo y aliento recíprocos, y en testimonio de gratitud a los que os precedieron en la senda del honor, el día 10 de marzo de cada año, aniversario de la muerte de aquel piadoso y ejemplarísimo abuelo mío, que, con no menos razón que los primeros caudillos coronados de la Reconquista, tiene derecho a figurar en el catálogo de los Reyes genuinamente españoles.

Olvido y perdón

Pero si no me es posible nombrar a todos, uno por uno, a todos os llevo en el corazón, y entre todos escojo para bendecirlo, como padre y como Rey, al que se honró hasta ahora con el título de primero de mis súbditos, a mi amado hijo Jaime.

Dios, que le ha designado para sucederme, le dará las luces y las fuerzas necesarias para capitanearos. No necesito recordarle que si en vosotros, los carlistas de siempre, hallara a una especie de aristocracia moral, todos los españoles, por el hecho de serlo, tienen derecho a su solicitud y a su cariño. Nunca me decidí a considerar como enemigo a ningún hijo de la tierra española; pero es cierto que entre ellos muchos me combatieron como adversarios. Sepan que a ninguno odié, y que para mí no fueron otra cosa que hijos extraviados, los unos por errores de la educación; los otros, por invencible ignorancia; los más, por la fuerza de irresistibles tentaciones o por deletéreas influencias del ambiente en que nacieron. Una de las faltas que me han encontrado más inflexible es la cometida por los que ponían obstáculos a su aproximación a nosotros. Encargo a mi hijo Jaime que persevere en mi política de olvido y de perdón para los hombres. No tema extremarla nunca demasiado, con tal de que mantengan la salvadora intransigencia en los principios.

Los fueros de España

Encárgole, igualmente, que no olvide cuán ligado se halla, por mis solemnes juramentos, a respetar y defender las franquicias tradicionales de nuestros pueblos. En las importantes juras de Guernica y Villafranca entendí empeñarme, en presencia de Dios y a la faz de los hombres, por mí y por todos los míos.

El mismo sagrado compromiso hubiera contraído en cada una de las regiones de la Patria española, una e indivisible, según ofrecí a Cataluña, Aragón y Valencia, si materialmente me hubiera sido posible. De esta suerte, identificados y confundidos en todos los españoles, dignos de este nombre, su deber de vasallos leales con su dignidad de ciudadanos libres, compenetrados en mí la potestad Real y el alto magisterio de primer custodio de las libertades patrias he podido creer, y puedo afirmar con toda verdad, que donde quiera que me hallase, llevaba conmigo la Covadonga de la España moderna.

Sus dos ángeles buenos

Y ya que al nombrar como el primero de vosotros al Príncipe de Asturias, reúno en un mismo sentimiento de ternura a mi familia por la sangre con mi familia por el corazón, no quiero despedirme de vosotros sin estampar aquí los nombres de los dos ángeles buenos de mi vida: mi madre amadísima y mi amadísima María Berta. A las enseñanzas de una y a los consuelos de la otra, debo lo que nunca podré pagar. La primera inculcándome desde la infancia los principios sólidamente cristianos, que sacaba del fondo de su alma, me dejó trazado el camino recto del deber. La segunda, sosteniéndome en mis amarguras, me dio fuerzas para recorrer con pie firme, sin tropezar en las asperezas que al paso encontraba.

Esculpid en vuestros corazones y enseñad a los balbucientes labios de vuestros hijos esos dos nombres benditos: María Beatriz y María Berta. Y cuando vosotros, que tenéis la dicha también de vivir entre las admirables mujeres españolas, os sintáis confortados por una madre, por una hija, por una hermana, por una esposa, al asomaros al espejo de sus almas y ver en ellas reflejadas las virtudes del cielo, acordaos de que esos son reflejos también de estas dos almas privilegiadas que han iluminado el desierto de mi vida

«¡No me lloréis!»

Os dejo ya, hijos de mi predilección, compañeros de mis combates, copartícipes de mis alegrías y mis dolores.

No me lloréis. En vez de lágrimas dadme oraciones. Pedid a Dios por mi alma y por España, y pensad que al mismo tiempo que vosotros oráis por mí, yo estaré, con la gracia del Salvador del mundo, invocando la Virgen María, a Santiago, nuestro patrón, a San Luis y a San Fernando, mis celestiales Protectores, suplicándoles con la antigua fe española, que en mí se fortaleció en Jerusalén, al pie del sepulcro de Cristo, para que en la tierra se os premie como lo que sois, como cruzados y como mártires.

Antes de cerrar este mi testamento político, y deseando que el presente original, escrito todo de mi puño y letra, quede primero en poder de mi viuda, y faltando ésta, pase a mis legítimos sucesores, saco dos copias, una literal en castellano, y otra en francés, para que se comuniquen a la Prensa de España y de Francia, inmediatamente después de que se hayan cerrado mis ojos.

Hecho en mi residencia del Palacio de Loredán, Campo de San Vito, en Venecia, el día de Reyes del año de gracia de mil ochocientos noventa y siete. Sellado con mi sello real. Consta de seis pliegos, que forman veinticuatro páginas numeradas por mí.

CARLOS

La copia literal en lengua española del Testamento Político de Don Carlos VII, mecanografiada por el propio Rey, estaba en poder de don Jesús Evaristo Casariego, custodiada en su Casona de Barcellina. El polígrafo carlista asturiano había escrito de su puño y letra en las guardas de su encuadernación que a su muerte debía entregarse a la Real Academia de la Historia. Sin embargo desapareció y nunca llegó a la docta institución.

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