Archive for the ‘Historia’ Category

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Aniceto Boves Goñi, valeroso carlista ovetense fallecido en Gran Canaria en 1932

diciembre 6, 2016

Traemos hoy a LAS LIBERTADES el recuerdo de uno de los tantos carlistas asturianos que murieron trasterrados, en este caso en otra región que se convirtió también en la suya: las Islas Canarias. El fallecimiento debió ocurrir alrededor de estos días, hace ochenta y cuatro años. Reproducimos la biografía que el 16 de diciembre de 1932 publicó, remitida desde Oviedo, el periódico de Madrid El Cruzado Español.

Tras el primer trasterramiento canario, la guerra y el exilio francés que la siguió, don Aniceto Boves debió volver a asentarse en Oviedo algún tiempo. Encontramos algún impreso con fecha de 1897 y el pie de la Imprenta de Aniceto Boves y Goñi. La imprenta fue oficio y negocio emprendido por no pocos carlistas, como entre nosotros el propio Juan María Acebal. Algunos de ese origen llegaron casi a nuestros días, como la Imprenta La Cruz.

El autor de la biografía de Aniceto Boves menciona entre sus compañeros de la Tercera Guerra Carlista al «respetable y honorabilísimo veterano don Emilio Valenciano, cuya vida prolongue Dios muchos años». Sólo dos más los prolongaría: los rojos asesinarían a don Emilio Valenciano Díaz en Olloniego el 10 de octubre de 1934, cuando contaba ochenta y tres años de edad. Durante esa Revolución de 1934 que ahora el Ayuntamiento de Oviedo celebra, festeja y hace objeto de itinerarios turísticos.

elcruzadoespannol16diciembre1932

VIDAS EJEMPLARES

Don Aniceto Boves Goñi

El prestigioso veterano, de cuya muerte, ocurrida en Valsequillo (Canarias), dimos noticia pocos días hace, nació en Oviedo, en la Puerta Nueva Baja, siendo sus padres católicos ejemplares y realistas de los convencidos.

El ambiente de piedad de su hogar y la cristiana educación que recibía de sus progenitores despertaron en el finado la vocación eclesiástica, y en el Seminario ovetense, de donde salieron tantos sacerdotes ilustres, comenzó sus estudios, captándose las simpatías de sus profesores y compañeros por su aplicación y claro talento y no menos por su vivacidad de ingenio y sus felicísimas ocurrencias, que conservó en su larga vida.

Y heredó, también, de sus padres su adhesión a la Legitimidad y la consecuencia de sus Ideales. Así se explica que, apenas se inició el levantamiento de los partidarios de Don Carlos en el Norte y habiendo repercutido ese movimiento en Asturias, fuera de los primeros que. Aquí, con el respetable y honorabilísimo veterano don Emilio Valenciano, cuya vida prolongue Dios muchos años, y los ya fallecidos don Francisco Cayado, Cura de Muñó, don Francisco Viejo, el Cura de Luanco, señor Pola, y otros más que no recuerdo ahora, se agrupase a las órdenes del caballeroso jefe carlista don Ruperto Carlos de Viguri, abandonando las aulas del Seminario y dispuesto a servir a Dios en los campos de batalla, ya que, entonces, como hoy, era perseguida la Iglesia, maltratados sus Ministros, además de ser de nobles y cristianos defender el Derecho, refugiado en el destierro.

Y aquella pequeña partida, acaudillada por Viguri, compuesta de diez o doce animosos jóvenes, entre ellos el finado don Aniceto, se dirigían a los campos del Norte por las montañas de Teverga, que dan acceso a León, cuando fueron hechos prisioneros en Torrebarrio, pueblo de la región leonesa, y conducidos a Oviedo, ingresando primero en la llamada Galera y más tarde en la cárcel-fortaleza, ambos edificios ya derribados.

Previo el juicio de rigor, unos de los detenidos fueron deportados a Canarias, quedando sólo en Oviedo, en concepto de hospitalizados, los señores Boves y Pola, Cura de Luanco.

Fugado del Hospital, valiéndose de una habilidosa estratagema, cómica de veras, que muchas veces oímos narrar al propio protagonista, y que nos confirman algunos veteranos de su tiempo, pudo el prestigioso carlista señor Boves escapar al Norte y allí incorporarse a las fuerzas castellanas.

Tomó parte en varias y muy importantes acciones de guerra y mereció honrosas distinciones —cruces y medallas— que acreditaban su valor y el pago de las heridas recibidas en defensa de la Legitimidad.

Y el antiguo alumno de Teología, que si, como seminarista, fue modelo de jóvenes piadosos, como soldado jamás conoció el peligro ni retrocedió ante la muerte, pasó por Valcarlos, terminada la guerra, al destierro, ostentando el grado de Capitán.

Vivió en Francia varios años, sufriendo las amarguras que son de suponer, pero satisfecho del deber cumplido; y cuando retornó a su Patria, siguió pensando con firmeza religiosa y con lealtad carlista, no claudicando jamás de lo que tenía por su mejor blasón.

Su vida fue ejemplar y su muerte la de un santo, según cartas que recibimos de Canarias. Fue breve su enfermedad y recibió de rodillas la Sagrada Comunión, administrada por Viático. Los carlistas no tiemblan, saben crecerse ante la muerte. ¿Cómo temblar al ofrendar su vida a Dios, quien no tembló al ofrendar su vida al Rey?

Los católicos, y, por añadidura, carlistas, del temple de don Aniceto mueren como él murió, tranquilamente, santamente, invocando a Dios y consolando a los suyos. Bendijo a sus hijos, y un minuto después descansaba en el Señor.

¡Que Él haya premiado largamente las virtudes de su siervo y nosotros imitemos las virtudes y la fidelidad de nuestro amigo y correligionario!

Los que aquí fuimos testigos de su fe acendrada y de su lealtad ferviente, juremos ante su tumba seguir, como él, las rutas gloriosas de los patrióticos deberes.

José María DE LA ESTRELLA

Oviedo 6-XII-932.

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Asturias fue la primera en declarar excluidos a dos Príncipes de Asturias, padre e hijo: Carlos Hugo y Carlos Javier

octubre 6, 2016

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Recientemente algunos medios asturianos, haciéndose eco de unos artículos superficiales y sin documentar de una revista digital apropiadamente llamada Vanitatis, han hablado de supuestos Príncipes de Asturias carlistas (lo cual, si fuera verdad, querría decir simplemente Príncipes de Asturias legítimos, Príncipes de Asturias de verdad). E incluso han atribuido al expríncipe Carlos Javier (de Borbón Parma y Lippe-Biesterfeld) la jefatura del Carlismo; lo cual es tan radicalmente falso que mueve a risa. Carlos Javier no es más que un señor holandés muy rico, alto empleado de banca especulativa, casado con una periodista sin rango ninguno, y cuya ignorancia de todo cuanto tenga que ver con el Carlismo es parecida a la de la autora de esos artículos de Vanitatis. Además ni siquiera es católico. Acaba de hacer padrino de bautismo de su hijo Carlos Enrique (un plebeyísimo y encantador bebé al que esos medios quieren hacer pasar por «Príncipe de Asturias carlista») a su primo el Rey de Holanda, calvinista declarado. Por no hablar de otros traspiés anteriores.

Se da la circunstancia de que hace bastantes años, cuando el entonces joven Carlos Javier parecía que podía superar y contrarrestar la traición de su padre Carlos Hugo a la Causa carlista, fueron las Juventudes Tradicionalistas Asturianas las primeras que lanzaron una campaña para darlo a conocer. Cuando este Carlos Javier sí era Príncipe de Asturias, como nieto del último Rey legítimo de las Españas, Don Francisco Javier de Borbón y Braganza, y sobrino del Regente, Don Sixto Enrique de Borbón y Borbón Busset. De tal campaña hablaremos en otra ocasión.

Pero poco después, al igual que veintitantos años antes, tuvo que ser la Junta Carlista del Principado de Asturias la primera en declarar la exclusión del Príncipe de Asturias. La primera vez fue con el padre de Carlos Javier, el mencionado Carlos Hugo. Se declaraba la exclusión, esto es, se daba fe pública de un hecho: que por contravenir los principios de la Tradición e ir contra las leyes tradicionales de España, un príncipe perdía sus derechos y dejaba de serlo. En ambos casos la Junta Regional de Asturias se veía obligada a tomar la iniciativa ante circunstancias anómalas, como eran las causadas por la ausencia de autoridad nacional efectiva de la Comunión Tradicionalista en aquellos momentos. De forma parecida a como en 1808 tuvo que actuar la Junta General del Principado de Asturias, de la cual es directamente sucesora la Junta Carlista.

El documento cuyo facsímil se reproduce arriba es la declaración que la Diputación Permanente de la Junta Carlista del Principado de Asturias emitió en Oviedo el día 4 de noviembre de 1997. Se trata del original —en primicia para LAS LIBERTADES— que permaneció confidencial un tiempo, a petición del periodista que había facilitado la información que aparece señalada con una llave en el margen derecho. Fallecido ya el informante hace años, puede darse a conocer tal cual se firmó.

Por indicación del Regente Don Sixto Enrique, en aquel entonces tampoco se hizo entonces circular demasiado, pues el Duque de Aranjuez albergaba esperanzas de reconducir a su sobrino a la legitimidad y la tradición. Esperanzas a las que no renunció hasta hace poco tiempo, cuando la acumulación de hechos en contrario las convirtieron en definitivamente imposibles. He aquí el texto:

La diputación permanente de la Junta Carlista del Principado de Asturias, ante la falta de organismo superior en el momento presente, ha juzgado necesario hacer pública la presente

DECLARACIÓN:

En 1977, a la muerte en el exilio de S.M.C. Don Javier de Borbón (q.s.g.h.) la normal sucesión se vio truncada por la inhabilitación en que había incurrido su hijo mayor D. Carlos Hugo por su infidelidad a los principios de la Tradición y por su aceptación del régimen imperante.

Desde entonces la Comunión Tradicionalista estuvo bajo la regencia de la Reina viuda Doña Magdalena de Borbón (q.s.g.h.) y del Infante Don Sixto Enrique, Abanderado de la Tradición, en la esperanza de que el hijo mayor de D. Carlos Hugo, S.A.R. Don Carlos Javier de Borbón, cumpliría su deber al alcanzar la mayoría de edad. Es aquí donde comienza la responsabilidad de esta Junta, al haber reconocido a Don Carlos Javier como Príncipe de Asturias legítimo.

Han pasado ya varios años desde que el Príncipe Carlos Javier cumplió la mayoría de edad; sin que, a pesar de algunos signos esperanzadores, haya manifestado su disposición a desempeñar las obligaciones de su rango o a prestar juramento de fidelidad a los principios tradicionales de las Españas y a los derechos y libertades de este Principado.

Por el contrario se dan los siguientes hechos: D. Carlos Javier utiliza documentación española conforme a la legalidad vigente, extremo que siempre había sido evitado por los príncipes de la Dinastía legítima por lo que representa de acatamiento a la usurpación reinante. Ha evitado recibir formación militar, indispensable para el desempeño de sus funciones. Y ha mostrado en otros aspectos su adaptación a los contravalores dominantes.

Los anteriores errores pueden encontrar justificación o disculpa, y atribuirse a inexperiencia o mal consejo. Pero recientemente D. Carlos Javier ha dado otro paso que muestra a las claras su absoluto abandono de las responsabilidades dinásticas y políticas que le corresponden: acompañado de su hermana Dña. María Carolina, ha asistido en Barcelona a la boda de Iñaki Urdangarín con la hija menor del Jefe del Estado, cuya familia representa desde 1833 la antítesis absoluta de la Familia Real carlista.

Este gravísimo error ha sido además innecesario y vergonzoso: la Casa Ducal de Parma fue invitada a la boda por La Zarzuela, sin que se esperase que viniera ninguno de sus miembros. A pesar de la invitación, La Zarzuela suprimió su nombre de la lista oficial de invitados facilitada a los medios de información y su presencia de las fotografías oficiales. Para redondear la humillación, la Infanta Dña. María Teresa (tía de D. Carlos Javier y colaboradora habitual del olvidado D. Carlos Hugo) intentó en el último momento que el diario ABC se hiciese eco de la presencia de sus sobrinos en la boda.

Nos parece manifiesto, pues, que D. Carlos Javier renuncia a sus derechos sucesorios. Éstos pasan, y así lo declaramos, a su hermano menor Don Jaime de Borbón y Lippe-Biesterfeld; de quien esperamos una pronta respuesta.

Entretanto, renovamos nuestra expresión de acatamiento a la regencia de S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón, a quien se comunica la presente Declaración.

En Oviedo, a cuatro de noviembre de mil novecientos noventa y siete, festividad de San Carlos Borromeo, Día de la Dinastía Legítima.

Refrendan esta declaración con su firma: Pablo García-Argüelles Arias. Luis Infante de Amorín. Gonzalo Mata Fernández-Miranda. Jesús de Pedro Suárez. Víctor Rodríguez Infiesta. Manuel de Vereterra Fernández de Córdoba.

Lamentablemente, aquel Jaime de Borbón Parma que era el siguiente en el orden sucesorio ha seguido el mismo proceder irresponsable de su hermano mayor, y ha perdido también todos sus derechos. Pero la Dinastía no se acaba nunca, y las leyes sucesorias tradicionales prevén todas estas circunstancias.

Los leales asturianos, mientras tanto, permanecen vigilantes. La Monarquía tradicional y la sucesión legítima son demasiado importantes para las Españas, como para dejarlas en manos de vanidades.

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Declaración del veinticinco de mayo

mayo 25, 2015

25mayo1808

Junta Carlista del Principado

DECLARACIÓN DEL VEINTICINCO DE MAYO

 

Hoy hace doscientos siete años «deliberó la Junta con asistencia del Real Acuerdo, y por el que se celebró en el día de hoy, llevar á efecto el armamento del Exército Defensivo Asturiano, en obsequio de la Religión, de la Patria, y de la común felicidad».

La Junta Carlista del Principado, continuadora de la legitimidad de aquella Junta General (con la que nada tiene que ver el Parlamentín inventado en 1978) y de sus ideales (los de Dios, Patria, Fueros y Rey legítimo) tiene por costumbre emitir una declaración anual en esta fecha. La de este año no puede obviar que ayer se celebraron unas elecciones dicen que autonómicas, cuyos resultados dan algunos por novedosos. No lo son tanto: el Parlamentín en cuestión está formado por partidos políticos de siglas diversas, pero de considerable parecido en sus programas y en las ideologías que sustentan. Que en realidad no es sino una sola: la ideología de la posmodernidad, último vástago de las de la Revolución francesa que en 1808 intentaban imponer en España Napoleón y sus afrancesados.

Afrancesados son, pues, todos los partidos que se disponen a repartirse los despojos de Asturias. Europeístas, laicistas, divorcistas y abortistas; leales mamelucos del gran capital internacional. Mientras Asturias, y con ella España entera, no se sacuda el lastre de los partidos políticos, no podrá aspirar a la regeneración.

Vemos con esperanza cómo en las elecciones locales celebradas también ayer día 24, en varios concejos de Asturias han obtenido concejales candidaturas y agrupaciones independientes. Ese es el camino: apartar del gobierno municipal a esos partidos políticos inútiles, parasitarios, que dividen y no sirven, que usurpan y no representan.

En los albores de los siglos VIII y XIX, todo parecía perdido. Nuestros enemigos, mahometanos primero y europeos después (mahometanos y europeos, como ahora), eran la marea que anegaba la Cristiandad y amenazaba con tragarse España para siempre. Los asturianos de entonces reaccionaron: gracias a ellos seguimos existiendo hoy.

En esta segunda década del siglo XXI, ¿sabrán los asturianos actuales aprender del ejemplo de sus antepasados? Que el Espíritu Santo, en este tiempo de Pentecostés, así lo conceda.

Siempre presente el lema de nuestras banderas de mil ochocientos ocho:

ASTURIAS NUNCA VENCIDA

Oviedo y Mayo 25 del 2015

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Lunes 4 de noviembre, Día de la Dinastía legítima

noviembre 3, 2013

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El día 4 de noviembre es la festividad de San Carlos Borromeo, el Día de la Dinastía legítima.

En sufragio de todos sus integrantes, en especial de los reyes y reinas legítimos e infantes de España que fallecieron en el exilio, se ofrecerá la Santa Misa en OviedoCapilla Cristo Rey (C/. Pérez de la Sala, 51, bajo) el mismo lunes 4 de noviembre, a las 20:45 (nueve menos cuarto de la tarde).

La Dinastía legítima, también conocida como carlista, está formada por los reyes sucesores de Fernando VII y de todos los anteriores reyes de las Españas. Entre 1833 y 1977, estos reyes son, según el ordinal de la Corona de Castilla: Carlos V, Carlos VI, Juan III, Carlos VII, Jaime I (III de Aragón), Alfonso Carlos (el verdadero Alfonso XII) y Javier I. Actualmente la Dinastía está encabezada por el Infante Don Sixto Enrique de Borbón, legítimo Regente de la Comunión Tradicionalista y de las Españas.
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Va siendo hora de despertarse

septiembre 18, 2013

En el artículo publicado aquí, en Las Libertades, titulado «La esclavitud moderna» hacíamos una reflexión sobre cómo las últimas generaciones, especialmente los jóvenes, han sido (y son) víctimas de un profundo lavado de cerebro, sin precedentes en la historia. Incluso los que decimos estar al tanto de las maldades del mundo moderno formamos parte de él. ¡Eso es evidente!, podrá pensar más de uno. Cierto; pero a lo que nos referimos aquí no es a lo obvio (vivimos en el mundo), sino a que vivimos como el mundo. Otro podrá decir que nadie le pone una pistola en la cabeza. Cierto también; sin embargo es algo mucho peor, ya que creemos que somos libres sin serlo.

Bien sabemos por Santo Tomás de Aquino que el hombre goza del libre albedrío como «un poder listo para obrar»; y además posee la voluntad, que necesariamente se presupone no sujeta a ninguna coacción. Además, junto a ello debe estar presente el intelecto (inteligencia y razón) como instrumento para conocer el bien, a fin de que éste pueda constituirse en objeto de la voluntad.

Pues bien, si nuestra razón está atrofiada por estar sujeta a las emociones (como iremos viendo) y nuestra voluntad es coaccionada (aunque no nos demos cuenta), no podemos afirmar que somos libres.

¿Cómo hemos llegado a esta situación? (1ª parte)

Todos conocemos las típicas formas de lavado de cerebro, basadas en una mezcla de torturas físico-psicológicas, como pueden ser las que hemos leído en libros, escuchado por boca de nuestros mayores o visto en algunas películas. En este método la víctima está en un entorno de control y terror, y lo sabe; nada se le esconde. Pero durante el siglo XX nació y se desarrolló un método mucho más peligroso y efectivo: el lavado de cerebro de masas.

Durante los años veinte del siglo pasado la psicología de Freud se puso de moda. Sus locuras fueron promovidas a través de periódicos y revistas, con el típico entusiasmo moderno que abraza todo lo nuevo por el simple hecho de serlo. En el año 1921 Freud publica Psicología de las masas y análisis del yo, que junto a La psicología de las masas del psicólogo francés Gustave Le Bon sería guía e inspiración para uno de los el primeros grandes experimentos del control de masas: el nacional-socialismo. Disparates como que la masa debe tener un líder, «una persona que le proporcione su ideal del yo» … «como el hipnotizado cede su autodeterminación al hipnotizador», no fueron ideas originales de Hitler. Es más, no es que Hitler leyera a Freud (aunque sí a Le Bon), sino que los promotores del nuevo orden mundial, los mismos que llevaron a Hitler (y a los comunistas en Rusia) al poder (sí, sí, esos) fueron los mismos que promovieron y utilizaron las locuras de Freud y compañía.

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Una vez en el poder, los nazis ordenaron fabricar y distribuir receptores de radio para toda la población: nace la audiencia de masas.

(Continuará).

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Pelayo, mártir

junio 26, 2013

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En conmemoración de la festividad de hoy, San Pelayo, mártir, patrón de los niños carlistas y de los jóvenes que se preparaban para entrar en el Requeté, reproducimos un relato del gran Jesús Evaristo Casariego (Tineo, 1913 – Luarca, 1990) de cuyo nacimiento se celebrará el centenario el próximo mes de noviembre.

El pelayo de Peña del Salto

Somos niños los pelayos;
mas seremos sin tardar
los soldados más valientes
que a su Patria salvarán.

Asta firme era para el tesoro de una bandera española aquel picacho, fino y retador, que se erguía como un monstruo de piedra, perfilándose sobre las brumas verdeazuladas del Cantábrico próximo. Desde los primeros tiempos de la guerra, el reducto, solitario y magnífico, era centinela avanzado de la causa de España en las húmedas y melancólicas campiñas norteñas. Los hombres duros y heroicos de la nueva reconquista habían llegado hasta él en una marcha triunfal, y desde él seguían desafiando, día tras día, las embestidas de la horda bermeja.

El picacho se llamaba Peña del Salto, nombre que tenía origen en una antigua leyenda del país, según la cual, desde su cumbre habían puesto fin trágico a sus amores dos amantes contrariados.

En Peña del Salto había centenar y medio de requetés que vigilaban desde sus hondas trincheras, tras una doble alambrada de espino. Los mandaba un capitán cuarentón, curtido en las guerras marroquíes, y las horas monótonas del parapeto y la chabola transcurrían en torno a sus rezos diarios, a las botellas confortadoras y las ilusionadas esperanzas para un mañana feliz, cuando, cubiertos de gloria, regresasen las boinas coloradas bajo épicos doseles de banderas victoriosas.

Con los requetés estaba también un «pelayo», niño que hacía poco había cumplido los trece años. Un hombrecito serio y sereno que servía de enlace, y todos los amaneceres, montado en un borriquillo gris, bajaba al pueblo próximo, silbando el «Oriamendi», a recoger los periódicos y paquetes.

Muchas noches el pequeño voluntario salía de su «garigolo» y, sentándose sobre los sacos terreros, se ponía tocar con una gran armónica, melancólicos aires de la tierra o himnos patrióticos. En el silencio solemne de las noches incomparables de las montañas astures, las notas estridentes del muchacho flotaban suavemente sobre los valles cubiertos de luna para perderse, como un eco imperceptible, en el lejano bosque de castaños y de pinares.

Pero un mal día empezaron a llover mortíferos proyectiles de Artillería. La tierra temblaba bajo la metralla y el estruendo de la trilita. Se hundían las chabolas, saltaban hechas cisco las cañas de los árboles, y la tierra, removida y deshecha, volaba en altas trombas. Era aquello una preparación artillera que nada bueno anunciaba. Así lo comprendió el capitán y tomó todas las precauciones. Cada uno a su puesto y listas las dos máquinas y los seis fusiles ametralladores del reducto. A ver lo que pasa.

Y, claro está, pasó lo que todos se temían. Después de aquel chaparrón de hierro, que duró cuatro horas, empezaron los rojos a salir de sus madrigueras, entre el bosque del frente, y, en abiertas olas, se lanzaron al asalto de la codiciada posición, desde la cual podían interceptar las comunicaciones entre dos importantes sectores del Ejército. Era el momento culminante. Cuando el corazón parece un corcel desbocado y una mano invisible aprieta la garganta con sensación de angustia.

El capitán y sus alféreces —dos mozuelos casi imberbes, de dorada flor de lis sobre el escudo insuperable de un corazón carlista— recorrieron la trinchera dando la orden con tono de bisbiseo, a los hombres que se inclinaban con el arma presta sobre los parapetos.

—Ni un tiro todavía. ¡Mucho cuidado con precipitarse! Cuando estén a unos veinte metros de la alambrada, duro con ellos.

—¡Serenidad, muchachos, serenidad!

—Apuntad bien y mucho pulso los de las máquinas.

—¡Silencio, silencio!

—¡Tiro ya, mi alférez? Aquellos que van por la vaguada están «bola».

—¡Quietos, quietos!

Mientras tanto, los rojos seguían subiendo. Primero lo hicieron tímidamente. Después, viendo que no pasaba nada, creídos, sin duda, que el enemigo (es decir, los requetés) habían huido, empezaron a salir más «valientes», y, llenos de optimismo, subían y subían en actitud de guerreros de película, pisando con mucho cuidado la maleza de la pendiente.

Arriba, todos preparados, les esperaban.

—¡Primera máquina, lista!

—Mi fusil ametrallador, apuntado.

—¡Chiss!

Los rojos estaban ya a menos de cincuenta metros de la alambrada. Se les oía andar y hablar. También sus oficiales daban órdenes. En el silencio emocionante, los ruidos más imperceptibles herían el oído como a una fibra sensible. Nadie diría que en aquella breve quietud campesina cientos de hombres preparaban la muerte.

En el grupo más adelantado de los marxistas venía un teniente. ¡Qué bien se le veía! Y con los gemelos, hasta los detalles. Recios borceguíes, pantalón azul, chaqueta de cuero y gorro ladeado, con dos galones dorados bajo la estrella de cinco puntas, entre el emblema de Infantería.

En el momento decisivo, algunos milicianos dudaban.

El teniente intervino, rápido, esgrimiendo una enorme pistola de reglamento.

—¡Arriba, cobardes!

—¡ Al que se eche p’atrás desnúcolo!

—Si no hay nadie.

Nadie perdía ni un movimiento. De pronto, la voz del capitán sonó, rotunda, imperativa:

—¡¡Fuego!!

—¡¡Viva España!!

No hay pluma capaz de describir lo que pasó en aquellos momentos. El estruendo de la primera descarga, casi unánime, fue como una blasfemia, como un alarido, como una carcajada de superhombre, que se burla de la muerte. Luego, el aullido ensordecedor de las armas, ladrando cada una por su cuenta. Las ráfagas de ametralladora, el estruendo de la fusilería; los «¡no!» rabiosos de las bombas de mano y el griterío horrible de los rojos que, en terrible desorden, escapaban monte abajo.

Exclamaciones de alegría y de triunfo en las trincheras. Boinas lanzadas al aire, abrazos y risotadas… y luego, bruscamente, otra vez «¡pon!» «¡pon!», la Artillería que reanudaba la preparación, como queriendo vengar el descalabro de los milicianos de a pie.

Y otra vez el intento de asalto, y otra vez la Artillería enemiga, y así todo el día hasta el oscurecer, en que los rojos seguían más obstinados que nunca en abatir aquel bastión de España.

La situación era dificilísima. Había muchas bajas y ni un mal refugio para evacuar a los heridos. Las trincheras estaban destrozadas, las alambradas rotas y las máquinas inutilizadas. Además, las avanzadas enemigas se habían filtrado por la retaguardia, cortando las comunicaciones de la posición, y la columna de socorro avanzaba dificultosamente bajo sus fuegos.

El capitán, herido en un brazo, con el uniforme roto y manchado de sangre, con el rostro amoratado y los labios blancos, requirió, lleno de magnífica energía:

—¡A ver, un enlace!

—¡A sus órdenes!

Tranquilo y mínimo, el pelayo, el niño soldado, estaba cuadrado ante el jefe.

—¿Pero tú? ¡Tú no me sirves!

Los ojos infantiles brillaron y el rostro suave contrajo sus músculos.

—¿Que no, mi capitán? Mejor que nadie. Como soy un chaval, me cubro más en el monte y no me ven pasar.

Y añadió suplicante:

—Ande, déjeme llevar el parte. Ya verá cómo llega.

El capitán le miró un momento de pies a cabeza. Sacó el lapicero y el cuadernillo y escribió unas líneas. Dobló el papel y puso al dorso:
«Capitán jefe Peña del Salto a Comandante X».

Y entregándoselo al chico le abrazó fuertemente.

—Anda con Dios, «peque», te portas como un hombre.

Y luego confidencial:

—Tengo fe en ti; que llegue el parte. Haz que llegue, que si no, estamos perdidos.

Uno de los alféreces, herido también por un rasponazo de metralla, le cogió por un brazo y le dijo:

—Oye, rapaz; ¿tú leíste un libro en la escuela que se llama «Corazón»?

—Claro que lo leí.

—Pues ya te acordarás que a un chiquillo italiano le dieron una vez un encargo como éste que te da el capitán. Y lo cumplió, aunque le hirieron por el camino. Fíjate bien lo que haces, que un pelayo no puede ser menos que nadie en el mundo.

— Harelo, mi alférez. Júroselo.

Salio de la posición. En aquel momento el fuego se reducía a un tiroteo aislado de paqueo. La noche estaba cerrando y el cuerpo del pequeño enlace se borró en seguida entre los matorrales de aquel camino, que tan bien conocía…

… … … …

Sólo Dios sabe lo que pasó por el bosque aquella pavorosa noche de lobos, de tormenta y de tiros…

… … … …

El mismo Comandante lo contaba luego con el respeto del que reza ante un coro de ángeles.

El niño «pelayo» llegó a las avanzadillas de socorro. Pregunta por el jefe. Casi no se puede cuadrar. Entregó el parte. Iba inmensamente pálido, con un balazo en el costado.

Lo llevaron al Hospital. Las hermanas seráficas y las enfermeras dulces lo acostaron en la cama como acuesta a su hijito enfermo una madre amorosa.

Los médicos y sanitarios se miraban con asombro. Al filo de la madrugada murió. Su carita pálida tenía una sonrisa de triunfo y de dolor.

A buen seguro que allá en el cielo, la Virgen de Covadonga, la Santina pequeñina y galana, Reina de aquellas montañas, le esperaba con los brazos abiertos para auparlo junto al Niño Divino.

Y aquí en la tierra, los duros guerreros invencibles de la nueva reconquista, rindieron las armas poderosas y los estandartes invictos cuando, en su blanco ataúd, pasó aquel angelito del cielo, que supo morir como un gigante de España.

Tomado del libro de J.E. Casariego La verdad del Tradicionalismo. Madrid, 1940.

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25 de mayo: Asturias, evita el abismo

mayo 25, 2013

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Junta Carlista del Principado de Asturias

Declaración del Veinticinco de Mayo

Hace doscientos cinco años «deliberó la Junta con asistencia del Real Acuerdo, y por el que se celebró en el día de hoy, llevar á efecto el armamento del Exército Defensivo Asturiano, en obsequio de la Religión, de la Patria, y de la común felicidad». Palabras que dejan claros el espíritu y el propósito de la Junta General del Principado de Asturias al declarar la guerra a Napoleón: declaraban la guerra contra la Revolución, contra el liberalismo, contra Europa; declaraban la guerra por Dios, por la Patria y el Rey.

En cruel contraste con la Asturias de hoy, donde en medio de la mayor devastación social, económica, cultural y religiosa desde la última guerra, aún se pasea en triunfo al hijo y presunto heredero del actual sucesor de José Bonaparte: Juan Carlos, jefe de Estado constitucional. De una constitución que no es la histórica de España, como quería Jovellanos, sino otra versión rehecha más del Estatuto de Bayona o «Acte Constitutionnel de l’Espagne» de 1808.

La sujeción de los asturianos actuales a las instituciones europeas, a la Constitución de 1978 con sus reformas y sus estatutos, a una familia de usurpadores involucrada en toda forma de corrupción y a unos partidos políticos —los afrancesados de hoy— que sirven a todo ello, no sólo representa deshonor: es también nuestro suicidio como pueblo.

En 1808 nuestros antepasados no quisieron «admitir esta dura ley represiva de su libertad … y creyendo ya indicada en ella la esclavitud, a que con ofensa de la Religión, del Rey y de la Patria, le disponía … la abominable y negra perfidia de Napoleón, Emperador de los Franceses, por la disfrazada prisión de nuestro Rey Fernando el VII, y toda la familia de Borbón en el interior de la Francia», se alzaron y declararon la guerra.

Hoy no está prisionera la Familia Real, pero sí exiliada, también en el interior de Francia. En contraste con Juan Carlos y los suyos, Asturias y España entera tienen en el legítimo Regente, S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón, al hombre que tiene la capacidad, formación y ánimo capaces de sacarnos de nuestra postración y de encabezar nuestra recuperación; además de contar con la legitimidad de la que carece el actual Jefe de Estado, quien detenta ilegalmente el título de rey por capricho de un general y por imposición del extranjero.

Quiera la Santísima Virgen de Covadonga obtenernos por su mediación que Dios sacuda las conciencias de los asturianos y les evite caer al abismo hacia el que corren.

Por Dios, por la Patria, por los Fueros y por el Rey legítimo. Oviedo y Mayo 25 de 2013.

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