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Pelayo, mártir

junio 26, 2013

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En conmemoración de la festividad de hoy, San Pelayo, mártir, patrón de los niños carlistas y de los jóvenes que se preparaban para entrar en el Requeté, reproducimos un relato del gran Jesús Evaristo Casariego (Tineo, 1913 – Luarca, 1990) de cuyo nacimiento se celebrará el centenario el próximo mes de noviembre.

El pelayo de Peña del Salto

Somos niños los pelayos;
mas seremos sin tardar
los soldados más valientes
que a su Patria salvarán.

Asta firme era para el tesoro de una bandera española aquel picacho, fino y retador, que se erguía como un monstruo de piedra, perfilándose sobre las brumas verdeazuladas del Cantábrico próximo. Desde los primeros tiempos de la guerra, el reducto, solitario y magnífico, era centinela avanzado de la causa de España en las húmedas y melancólicas campiñas norteñas. Los hombres duros y heroicos de la nueva reconquista habían llegado hasta él en una marcha triunfal, y desde él seguían desafiando, día tras día, las embestidas de la horda bermeja.

El picacho se llamaba Peña del Salto, nombre que tenía origen en una antigua leyenda del país, según la cual, desde su cumbre habían puesto fin trágico a sus amores dos amantes contrariados.

En Peña del Salto había centenar y medio de requetés que vigilaban desde sus hondas trincheras, tras una doble alambrada de espino. Los mandaba un capitán cuarentón, curtido en las guerras marroquíes, y las horas monótonas del parapeto y la chabola transcurrían en torno a sus rezos diarios, a las botellas confortadoras y las ilusionadas esperanzas para un mañana feliz, cuando, cubiertos de gloria, regresasen las boinas coloradas bajo épicos doseles de banderas victoriosas.

Con los requetés estaba también un «pelayo», niño que hacía poco había cumplido los trece años. Un hombrecito serio y sereno que servía de enlace, y todos los amaneceres, montado en un borriquillo gris, bajaba al pueblo próximo, silbando el «Oriamendi», a recoger los periódicos y paquetes.

Muchas noches el pequeño voluntario salía de su «garigolo» y, sentándose sobre los sacos terreros, se ponía tocar con una gran armónica, melancólicos aires de la tierra o himnos patrióticos. En el silencio solemne de las noches incomparables de las montañas astures, las notas estridentes del muchacho flotaban suavemente sobre los valles cubiertos de luna para perderse, como un eco imperceptible, en el lejano bosque de castaños y de pinares.

Pero un mal día empezaron a llover mortíferos proyectiles de Artillería. La tierra temblaba bajo la metralla y el estruendo de la trilita. Se hundían las chabolas, saltaban hechas cisco las cañas de los árboles, y la tierra, removida y deshecha, volaba en altas trombas. Era aquello una preparación artillera que nada bueno anunciaba. Así lo comprendió el capitán y tomó todas las precauciones. Cada uno a su puesto y listas las dos máquinas y los seis fusiles ametralladores del reducto. A ver lo que pasa.

Y, claro está, pasó lo que todos se temían. Después de aquel chaparrón de hierro, que duró cuatro horas, empezaron los rojos a salir de sus madrigueras, entre el bosque del frente, y, en abiertas olas, se lanzaron al asalto de la codiciada posición, desde la cual podían interceptar las comunicaciones entre dos importantes sectores del Ejército. Era el momento culminante. Cuando el corazón parece un corcel desbocado y una mano invisible aprieta la garganta con sensación de angustia.

El capitán y sus alféreces —dos mozuelos casi imberbes, de dorada flor de lis sobre el escudo insuperable de un corazón carlista— recorrieron la trinchera dando la orden con tono de bisbiseo, a los hombres que se inclinaban con el arma presta sobre los parapetos.

—Ni un tiro todavía. ¡Mucho cuidado con precipitarse! Cuando estén a unos veinte metros de la alambrada, duro con ellos.

—¡Serenidad, muchachos, serenidad!

—Apuntad bien y mucho pulso los de las máquinas.

—¡Silencio, silencio!

—¡Tiro ya, mi alférez? Aquellos que van por la vaguada están «bola».

—¡Quietos, quietos!

Mientras tanto, los rojos seguían subiendo. Primero lo hicieron tímidamente. Después, viendo que no pasaba nada, creídos, sin duda, que el enemigo (es decir, los requetés) habían huido, empezaron a salir más «valientes», y, llenos de optimismo, subían y subían en actitud de guerreros de película, pisando con mucho cuidado la maleza de la pendiente.

Arriba, todos preparados, les esperaban.

—¡Primera máquina, lista!

—Mi fusil ametrallador, apuntado.

—¡Chiss!

Los rojos estaban ya a menos de cincuenta metros de la alambrada. Se les oía andar y hablar. También sus oficiales daban órdenes. En el silencio emocionante, los ruidos más imperceptibles herían el oído como a una fibra sensible. Nadie diría que en aquella breve quietud campesina cientos de hombres preparaban la muerte.

En el grupo más adelantado de los marxistas venía un teniente. ¡Qué bien se le veía! Y con los gemelos, hasta los detalles. Recios borceguíes, pantalón azul, chaqueta de cuero y gorro ladeado, con dos galones dorados bajo la estrella de cinco puntas, entre el emblema de Infantería.

En el momento decisivo, algunos milicianos dudaban.

El teniente intervino, rápido, esgrimiendo una enorme pistola de reglamento.

—¡Arriba, cobardes!

—¡ Al que se eche p’atrás desnúcolo!

—Si no hay nadie.

Nadie perdía ni un movimiento. De pronto, la voz del capitán sonó, rotunda, imperativa:

—¡¡Fuego!!

—¡¡Viva España!!

No hay pluma capaz de describir lo que pasó en aquellos momentos. El estruendo de la primera descarga, casi unánime, fue como una blasfemia, como un alarido, como una carcajada de superhombre, que se burla de la muerte. Luego, el aullido ensordecedor de las armas, ladrando cada una por su cuenta. Las ráfagas de ametralladora, el estruendo de la fusilería; los «¡no!» rabiosos de las bombas de mano y el griterío horrible de los rojos que, en terrible desorden, escapaban monte abajo.

Exclamaciones de alegría y de triunfo en las trincheras. Boinas lanzadas al aire, abrazos y risotadas… y luego, bruscamente, otra vez «¡pon!» «¡pon!», la Artillería que reanudaba la preparación, como queriendo vengar el descalabro de los milicianos de a pie.

Y otra vez el intento de asalto, y otra vez la Artillería enemiga, y así todo el día hasta el oscurecer, en que los rojos seguían más obstinados que nunca en abatir aquel bastión de España.

La situación era dificilísima. Había muchas bajas y ni un mal refugio para evacuar a los heridos. Las trincheras estaban destrozadas, las alambradas rotas y las máquinas inutilizadas. Además, las avanzadas enemigas se habían filtrado por la retaguardia, cortando las comunicaciones de la posición, y la columna de socorro avanzaba dificultosamente bajo sus fuegos.

El capitán, herido en un brazo, con el uniforme roto y manchado de sangre, con el rostro amoratado y los labios blancos, requirió, lleno de magnífica energía:

—¡A ver, un enlace!

—¡A sus órdenes!

Tranquilo y mínimo, el pelayo, el niño soldado, estaba cuadrado ante el jefe.

—¿Pero tú? ¡Tú no me sirves!

Los ojos infantiles brillaron y el rostro suave contrajo sus músculos.

—¿Que no, mi capitán? Mejor que nadie. Como soy un chaval, me cubro más en el monte y no me ven pasar.

Y añadió suplicante:

—Ande, déjeme llevar el parte. Ya verá cómo llega.

El capitán le miró un momento de pies a cabeza. Sacó el lapicero y el cuadernillo y escribió unas líneas. Dobló el papel y puso al dorso:
«Capitán jefe Peña del Salto a Comandante X».

Y entregándoselo al chico le abrazó fuertemente.

—Anda con Dios, «peque», te portas como un hombre.

Y luego confidencial:

—Tengo fe en ti; que llegue el parte. Haz que llegue, que si no, estamos perdidos.

Uno de los alféreces, herido también por un rasponazo de metralla, le cogió por un brazo y le dijo:

—Oye, rapaz; ¿tú leíste un libro en la escuela que se llama «Corazón»?

—Claro que lo leí.

—Pues ya te acordarás que a un chiquillo italiano le dieron una vez un encargo como éste que te da el capitán. Y lo cumplió, aunque le hirieron por el camino. Fíjate bien lo que haces, que un pelayo no puede ser menos que nadie en el mundo.

— Harelo, mi alférez. Júroselo.

Salio de la posición. En aquel momento el fuego se reducía a un tiroteo aislado de paqueo. La noche estaba cerrando y el cuerpo del pequeño enlace se borró en seguida entre los matorrales de aquel camino, que tan bien conocía…

… … … …

Sólo Dios sabe lo que pasó por el bosque aquella pavorosa noche de lobos, de tormenta y de tiros…

… … … …

El mismo Comandante lo contaba luego con el respeto del que reza ante un coro de ángeles.

El niño «pelayo» llegó a las avanzadillas de socorro. Pregunta por el jefe. Casi no se puede cuadrar. Entregó el parte. Iba inmensamente pálido, con un balazo en el costado.

Lo llevaron al Hospital. Las hermanas seráficas y las enfermeras dulces lo acostaron en la cama como acuesta a su hijito enfermo una madre amorosa.

Los médicos y sanitarios se miraban con asombro. Al filo de la madrugada murió. Su carita pálida tenía una sonrisa de triunfo y de dolor.

A buen seguro que allá en el cielo, la Virgen de Covadonga, la Santina pequeñina y galana, Reina de aquellas montañas, le esperaba con los brazos abiertos para auparlo junto al Niño Divino.

Y aquí en la tierra, los duros guerreros invencibles de la nueva reconquista, rindieron las armas poderosas y los estandartes invictos cuando, en su blanco ataúd, pasó aquel angelito del cielo, que supo morir como un gigante de España.

Tomado del libro de J.E. Casariego La verdad del Tradicionalismo. Madrid, 1940.

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La esclavitud moderna

octubre 7, 2012

 

Un par de chicas apuran los últimos sorbos de una cerveza de mala calidad, mientras comentan lo mucho que les gusta el último éxito del enésimo cantante prefabricado por la industria musical, que suena en el bar. De vuelta a casa, se paran delante de un escaparate donde admiran una cazadora de material sintético y colores chillones, e imaginan lo bien que les quedaría con… ¡Además por sólo unos pocos cientos de euros! Por supuesto, no han podido dejar pasar la ocasión de criticar a los políticos, y  proponer un ramillete de soluciones a cada cual más ingeniosa. No obstante, se consuelan pensando en que ya les queda menos para ejercer su sagrado derecho al voto. Se sienten (que no son) medianamente felices ya que, al fin y al cabo, tienen un sueldo con el que comer y comprar. Eso sí, se compadecen continuamente, sobre todo si hay gente delante, de los pobres niños que mueren de hambre, y son firmes defensoras de todos los animales (excepto del ser humano, que sólo puede nacer si conviene). Tienen muchos amigos invertidos (homosexuales dicen ellas) porque son muy sensibles y las entienden muy bien,  así que se alegraron mucho el día que se aprobó el gaymonio. Qué bien se vive en una sociedad moderna y democrática, piensan ellas.

Lo peor de todo esto no es que «piensen» así. Lo más triste y preocupante es la seguridad que tienen de ser libres. Pero la realidad es bien distinta: comen lo que les dicen que tienen que comer, pero se creen libres por poder elegir la marca con la que envenenarse; escuchan la música que les imponen, pero se creen libres porque dicen escuchar lo que les gusta; se visten con la ropa que dicta la moda, pero se creen libres por poder disfrazarse con un pingo distinto cada día; utilizan un lenguaje impuesto, pero se creen libres porque pueden rebuznar a placer; tienen el cerebro lavado por la televisión, pero se creen libres por poder cambiar de canal; sus ideologías dirigen sus vidas, pero se creen libres porque creen haberlas elegido voluntariamente.

Uno de los grandes triunfos del enemigo ha sido hacer creer a la gran mayoría de la población que es libre. Es curioso cómo al preguntar a un joven (de esos de la generación más preparada de la historia. Ejjjjjemmmm. Disculpen, me acabo de atragantar del ataque de risa) por la esclavitud, su rechazo será contundente, mientras él pertenece a la sociedad más esclavizada de la historia.

Pues bien; estos jóvenes son los mejores esclavos que el N.O.M. (Nuevo Orden Mundial) podría haber soñado. Estos jóvenes se entregan gozosa y voluntariamente a la esclavitud. Es un drama cuyas consecuencias están siendo devastadoras.

Los pocos que aún resisten los embates del enemigo tampoco están completamente a salvo (al menos, no todos). Si realmente lo cree así, estimado lector, le recomendamos que lea las entradas que próximamente iremos publicando.

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