Archive for the ‘Política’ Category

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Cacicada antitaurina en Gijón

agosto 19, 2021
Plaza de toros del Bibio, Gijón (foto Nwalme)

Nota de la Junta Local de Gijón de la Comunión Tradicionalista:

La villa de Gijón y su alcaldesa son el hazmerreír de España entera. Hace un día Ana González Rodríguez (muy pocos gijoneses reconocen su nombre) decretó por sí y ante sí el fin de las corridas de toros en Gijón. El pretexto, los nombres de dos de los lidiados en la última Feria de Begoña: «Feminista» y «Nigeriano».

Da miedo pensar que la alcaldesa sea profesora de instituto (en excedencia, claro). Porque su ignorancia da para llenar enciclopedias. Los linajes o reatas de ganado bravo van recibiendo el nombre de la vaca de la que proceden. Para que esos nombres («contra los derechos humanos», según Ana González) hubieran llevado la aviesa intención que la ultraprogresista alcaldesa les atribuye, la conspiración habría tenido que empezar hace unas cuantas décadas…

Da miedo también que se ignore que hay constancia documental de festejos taurinos en Asturias desde hace más de mil doscientos años. Es decir: la tauromaquia es más antigua que casi todo lo que hoy consideramos típicamente asturiano.

Pero sobre todo dan miedo el desprecio a Gijón y a los gijoneses; la voluntad totalitaria, animalista y «políticamente correcta» que encuentra su más acabada expresión hasta la fecha en la citada alcaldesa. Una ovetense impuesta como candidata por el P.S.O.E., que ni siquiera vivía en Gijón (al principio de su mandato se empeñaba en que el coche oficial la trajese y llevase a diario a su domicilio de La Fresneda) y que desde 2019 avergüenza al concejo en el que caciquea con mal estilo y peor intención.

La fiesta de los toros y la Feria de Begoña deben mantenerse en Gijón. La que sobra aquí es Ana González Rodríguez.

Gijón, 19 de agosto de 2021.

Romances modernos de toros, guerra y caza, por Jesús Evaristo Casariego. Prólogo de Agustín de Foxá, epílogo de Manuel Machado. Ilustraciones de Antonio Casero, Jesús Bernal y Gustavo Doré. Madrid, 1945
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Testamento político del Rey Don Carlos VII

julio 18, 2021

Hoy, día 18 de julio de 2021, se cumple el LXXXV aniversario del Alzamiento Nacional que en 1936 daría inicio a la Cruzada de Liberación, y el CXII de la muerte en el exilio en Varese en 1909 de Su Majestad Católica Don Carlos VII, Rey legítimo de las Españas. En la tarde de este domingo la Comunión Tradicionalista celebrará en Gijón actos conmemorativos.

A quienes entienden correctamente la historia como obra de la Providencia de Dios no se les escapará la coincidencia de ciertas fechas. Don Carlos María de los Dolores de Borbón y Austria-Este, Carlos VII, cruzó la frontera pirenaica al término de la Tercera Guerra Carlista, escoltado por el Batallón de Guías de Asturias, «los leales asturianos». Era el 28 de febrero de 1876. Entonces lanzó su famoso «¡Volveré!». Lo reiteró en su Testamento Político, fechado en Venecia el 6 de enero de 1897: «Si España es sanable, a ella volveré, aunque haya muerto. Volveré con mis principios, únicos que pueden devolverle su grandeza; volveré con mi bandera, que no rendí jamás y que he tenido el honor y la dicha de conservaros sin una sola mancha, negándome a toda componenda para que podáis tremolarla muy alta».

Murió Don Carlos VII el 18 de julio de 1909. El mismo día de 1936, reinando de iure desde su exilio en Viena su hermano Don Alfonso Carlos, el Requeté se lanzó al Alzamiento Nacional. Volvió, pues, Don Carlos con sus principios y con su bandera, aunque ya hubiese muerto. En 1939, treinta años después de la muerte de Carlos VII, alcanzó la victoria el bando nacional. El Carlismo triunfó militarmente, aunque perdió la paz y fue apartado de la organización política del nuevo régimen, que —precisamente por ese abandono de la Tradición y de la Legitimidad— no se consolidó y fue deteriorándose hasta llegar al caos actual. No obstante la Comunión Tradicionalista influyó mucho durante años para poner freno a la extranjerización, el laicismo y el totalitarismo: «gobernó desde fuera».

Para recordar cómo debía haber sido la verdadera restauración, la plena y definitiva vuelta de Don Carlos VII y sus principios, reproducimos a continuación su Testamento Político.

A los carlistas

En el pleno uso de mis facultades, cuando mi vida, más larga en experiencia que en años, no parece todavía, según las probabilidades humanas, próxima a su fin, quiero dejar consignados mis sentimientos, a vosotros, mis fieles y queridos carlistas, que sois una parte de mí mismo.

Desde mi casa del destierro, pensando en mi muerte y en la vida de España, con la mente fija en el tiempo y en la eternidad, trazo estas líneas para que, más allá de la tumba, lleven mi voz a vuestros hogares y, en ellos, evoquen la imagen del que tanto amasteis y tanto os amó.

Cuando se hagan públicas, habré ya comparecido ante la divina presencia del Supremo Juez. Él, que escudriña los corazones, sabe que no las dicta solamente un sentimiento de natural orgullo. Inspíranlas el deber y el amor a España y a vosotros, que han sido siempre norte de mi vida.

Parecíame ésta truncada si no os dejase un testamento político, condensando el fruto de mi experiencia, y que os pruebe que aun después de que mi corazón haya cesado de latir, mi alma permanece entre vosotros solícita a vuestras necesidades, reconocida a vuestro cariño, celosa de vuestro bienestar, alma, en fin, de padre amantísimo, como yo he querido ser siempre para vosotros.

Deuda de gratitud

Pago, además, una deuda de gratitud.

Sois mi familia, el ejemplo y el consuelo de toda mi vida, según he dicho en momentos solemnes. Vuestro heroísmo, vuestra constancia, vuestra abnegación, vuestra nobleza, me han servido de estímulo inmenso en los días de lucha y de prosperidad, y de fortísimo sostén en las amarguras, en los sufrimientos, en la terrible inacción, la más dura de todas las cruces, la única que ha quebrantado mis hombros en mi vida de combate.

No puedo corresponder de otra manera a todo lo que os debo, que tratando de dejaros en estos renglones lo mejor de mi espíritu.

Fe y patriotismo

En mi testamento privado confirmo la ferviente declaración de mi fe católica. Quiero aquí repetirla y confirmarla a la faz del mundo.

Sólo a Dios es dado conocer qué circunstancias rodearán mi muerte. Pero sorpréndame en el Trono de mis mayores, o en el campo de batalla, o en el ostracismo, víctima de la revolución, a la que declaré guerra implacable, espero poder exhalar mi último aliento besando un crucifijo, y pido al Redentor del mundo que acepte esta vida mía, que a España he consagrado como holocausto para la redención de España.

Con verdad os declaro que, en toda mi existencia, desde que en la infancia alborearon en mí los primeros destellos de la razón, hasta ahora que he llegado a la madurez de mi virilidad, siempre hice todo según lealmente lo entendí, y jamás dejé por hacer nada que creyese útil a nuestra Patria y a la gran Causa que durante tanto tiempo me cupo la honra de acaudillar.

«Volveré con mis principios…»

Volveré, os dije en Valcarlos, aquel amargo día, memorable entre los más memorables de mi vida. Y aquella promesa, brotada de lo más hondo de mi ser, con fe, convicción y entusiasmo inquebrantable, sigo esperando firmemente que ha de cumplirse. Pero si Dios, en sus inescrutables designios, tuviese decidido lo contrario; si mis ojos no han de ver más ese cielo que me hace encontrar pálidos todos los otros; si he de morir lejos de esta tierra bendita, cuya nostalgia me acompaña por todas partes, aún así no sería una palabra vana aquel grito de mi corazón.

Si España es sanable, a ella volveré, aunque haya muerto. Volveré con mis principios, únicos que pueden devolverle su grandeza; volveré con mi bandera, que no rendí jamás y que he tenido el honor y la dicha de conservaros sin una sola mancha, negándome a toda componenda para que podáis tremolarla muy alta.

Esperanza de gloria

La vida de un hombre es apenas un día en la vida de las naciones.

Nada habría podido mi esfuerzo personal si vuestro concurso no me hubiese ayudado a crear esa vigorosa juventud creyente y patriótica, que yo veo preparada a recoger nuestra herencia y a proseguir nuestra misión. Si en mi carrera por el mundo he logrado conservar para España esa esperanza de gloria, muero satisfecho, y cúmpleme decir con legítimo orgullo que en el destierro, en la desgracia, en la persecución, he gobernado a mi Patria más propiamente que los que se han ido pasando las riendas del Poder.

El dique antirrevolucionario

Gobernar no es transigir, como vergonzosamente creían y practicaban los adversarios políticos que me han hecho frente con las apariencias materiales del triunfo. Gobernar es resistir, a la manera que la cabeza resiste a las pasiones en el hombre bien equilibrado. Sin mi resistencia y la vuestra, ¿qué dique hubieran podido oponer al torrente revolucionario los falsos hombres de gobierno que, en mis tiempos, se han sucedido en España? Lo que del naufragio se ha salvado, lo salvamos nosotros, que no ellos; lo salvamos contra su voluntad y a costa de nuestras energías.

Dinastía inextinguible

¡Adelante, mis queridos carlistas! ¡Adelante por Dios y por España! Sea esta vuestra divisa en el combate, como fue siempre la mía; imploraremos de Dios nuevas fuerzas para que no desmayéis.

Mantened intacta vuestra fe, y el culto a nuestras tradiciones, y el amor a nuestra bandera. Mi hijo Jaime, o el que en derecho y sabiendo lo que ese derecho significa y exige, me suceda, continuará mi obra. Y aún así, si apuradas todas las amarguras, la dinastía legítima que nos ha servido de faro providencial, estuviera llamada a extinguirse, la dinastía de mis admirables carlistas, los españoles por excelencia, no se extinguirá jamás. Vosotros podéis salvar a la Patria, como la salvasteis, con el Rey a la cabeza, de las hordas mahometanas y, huérfanos de Monarca, de las legiones napoleónicas. Antepasados de los voluntarios de Alpens y de Lácar, eran los que vencieron en las Navas y en Bailén. Unos y otros llevaban la misma fe en el alma y el mismo grito de guerra en los labios.

Sacrificios fecundos

Mis sacrificios y los vuestros para formar esta gran familia española, que constituye como la guardia de honor del santuario donde se custodian nuestras tradiciones venerandas, no son, no pueden ser estériles. Dios mismo, el Dios de nuestros mayores, nos ha empeñado una tácita promesa al darnos la fuerza sobrehumana para obrar este verdadero prodigio de los tiempos modernos, manteniendo purísimos, en medio de los embates desenfrenados de la revolución victoriosa, los elementos vivos y fecundos de nuestra raza, como el caudal de un río cristalino que corriera apretado y compacto por en medio del Océano, sin que las olas del mar consiguieran amargar sus aguas.

Obreros de lo por venir

Nadie más combatido, nadie más calumniado, nadie blanco de mayores injusticias que los carlistas y yo. Para que ninguna contradicción nos faltase, hasta hemos visto con frecuencia revolverse contra nosotros a aquellos que tenían interés en ayudarnos y deber de defendernos.

Pero las ingratitudes no nos han desalentado. Obreros de lo por venir, trabajamos para la Historia, no para el medro personal de nadie. Poco nos importaban los desdenes de la hora presente, si el grano de arena que cada uno llevaba para la obra común podía convertirse mañana en base monolítica para la grandeza de la Patria. Por eso mi muerte será un duelo de familia para todos vosotros, pero no un desastre.

¡El Rey no muere!

Mucho me habéis querido, tanto como yo a vosotros y más no cabe. Sé que me lloraréis como tiernísimos hijos; pero conozco el temple de vuestras almas, y sé también que el dolor de perderme será un estímulo más para que honréis mi memoria sirviendo a nuestra Causa.

Nuestra monarquía es superior a las personas. El Rey no muere. Aunque dejéis de verme a vuestra cabeza, seguiréis, como en mi tiempo, aclamando al Rey legítimo, tradicional y español, y defendiendo los principios fundamentales de nuestro Programa.

Principios fundamentales

Consignados los tenéis en todos mis Manifiestos. Son los que he venido sosteniendo y proclamando desde la abdicación de mi amadísimo Padre (q.e.p.d), en 1868.

Planteados desde las alturas del poder, por un Rey de verdad, que cuente por colaboradores al soldado español, el primero del mundo, y a ese pueblo de gigantes, grande cual ninguno por su fe, su arrojo, su desprecio a la muerte y a todos los bienes materiales, pueden, en brevísimo tiempo, realizar mi política, que aspiraba a resucitar la vieja España de los Reyes Católicos y de Carlos V.

Gibraltar español, unión con Portugal, Marruecos para España, confederación con nuestras antiguas provincias de Ultramar; es decir: integridad, honor y grandeza. He aquí el legado que, por medios justos, yo aspiraba a dejar a mi Patria.

Si muero sin conseguirlo, no olvidéis vosotros que esa es la meta, y que para tocarla es indispensable sacudir más allá de nuestras fronteras las instituciones importadas de países que no sienten, ni razonan, ni quieren como nosotros, y restaurar las instituciones tradicionales de nuestra Historia, sin las cuales el cuerpo de la nación es cuerpo sin alma.

Respecto a los procedimientos y las formas, a todo lo que es contingente y externo, las circunstancias y las exigencias de la época indicarán las modificaciones necesarias, pero sin poner mano en los principios esenciales.

Deberes hacia Francia

Aunque España ha sido el culto de mi vida, no quise ni pude olvidar que mi nacimiento me imponía deberes hacia Francia, cuna de mi familia. Por eso allí mantuve intactos los derechos que como Jefe y Primogénito de mi Casa me corresponden.

Encargo a mis sucesores que no los abandonen, como protesta del derecho y en interés de aquella extraviada cuanto noble nación, al mismo tiempo que de la idea latina, que espero llamada a retoñar en siglos posteriores.

Quiero también dejar aquí consignada mi gratitud a la corta, pero escogida, falange de legitimistas franceses, que desde la muerte de Enrique V, vi agrupados en torno de mi Padre, y luego de mi mismo, fieles a su bandera y al derecho sálico.

A la par que a ellos, doy gracias, desde el fondo de mi alma, a los muchos hijos de la caballeresca Francia, que, con su conducta hacia mí y los míos, protestaron siempre de las injusticias de que era víctima, entre ellos, el nieto de Enrique IV y Luis XIV, constándome que los actos hostiles de los Gobiernos revolucionarios franceses, eran inspirados con frecuencia por los mayores enemigos de nuestra raza.

¡España ante todo!

Recuerden, sin embargo, los que me sucedan, que nuestro primogénito pertenece a España, la cual, para merecerlo, ha prodigado ríos de sangre y tesoros de amor.

Mi postrer saludo en la tierra será a esa gloriosa bandera amarilla y roja; y si Dios, en su infinita misericordia, tiene piedad, como espero, de mi alma, me permitirá desde el cielo ver triunfar, a la sombra de esa enseña sagrada, los ideales de toda mi vida.

La fiesta de los Mártires

Y a vosotros, que con tanto tesón los defendisteis al lado mío, alcanzará también mi supremo adiós. A todos os tendré presentes y de todos quisiera hacer aquí mención expresa. Pero ¿cómo es posible, cuando formáis un pueblo innumerable?

Inmenso es mi agradecimiento a los vivos y a los muertos de nuestra causa. Para probarlo y perpetuar su memoria instituí la fiesta nacional de nuestros Mártires. Continuadla religiosamente los que hayáis de sobrevivirme. Congregaos para estímulo y aliento recíprocos, y en testimonio de gratitud a los que os precedieron en la senda del honor, el día 10 de marzo de cada año, aniversario de la muerte de aquel piadoso y ejemplarísimo abuelo mío, que, con no menos razón que los primeros caudillos coronados de la Reconquista, tiene derecho a figurar en el catálogo de los Reyes genuinamente españoles.

Olvido y perdón

Pero si no me es posible nombrar a todos, uno por uno, a todos os llevo en el corazón, y entre todos escojo para bendecirlo, como padre y como Rey, al que se honró hasta ahora con el título de primero de mis súbditos, a mi amado hijo Jaime.

Dios, que le ha designado para sucederme, le dará las luces y las fuerzas necesarias para capitanearos. No necesito recordarle que si en vosotros, los carlistas de siempre, hallara a una especie de aristocracia moral, todos los españoles, por el hecho de serlo, tienen derecho a su solicitud y a su cariño. Nunca me decidí a considerar como enemigo a ningún hijo de la tierra española; pero es cierto que entre ellos muchos me combatieron como adversarios. Sepan que a ninguno odié, y que para mí no fueron otra cosa que hijos extraviados, los unos por errores de la educación; los otros, por invencible ignorancia; los más, por la fuerza de irresistibles tentaciones o por deletéreas influencias del ambiente en que nacieron. Una de las faltas que me han encontrado más inflexible es la cometida por los que ponían obstáculos a su aproximación a nosotros. Encargo a mi hijo Jaime que persevere en mi política de olvido y de perdón para los hombres. No tema extremarla nunca demasiado, con tal de que mantengan la salvadora intransigencia en los principios.

Los fueros de España

Encárgole, igualmente, que no olvide cuán ligado se halla, por mis solemnes juramentos, a respetar y defender las franquicias tradicionales de nuestros pueblos. En las importantes juras de Guernica y Villafranca entendí empeñarme, en presencia de Dios y a la faz de los hombres, por mí y por todos los míos.

El mismo sagrado compromiso hubiera contraído en cada una de las regiones de la Patria española, una e indivisible, según ofrecí a Cataluña, Aragón y Valencia, si materialmente me hubiera sido posible. De esta suerte, identificados y confundidos en todos los españoles, dignos de este nombre, su deber de vasallos leales con su dignidad de ciudadanos libres, compenetrados en mí la potestad Real y el alto magisterio de primer custodio de las libertades patrias he podido creer, y puedo afirmar con toda verdad, que donde quiera que me hallase, llevaba conmigo la Covadonga de la España moderna.

Sus dos ángeles buenos

Y ya que al nombrar como el primero de vosotros al Príncipe de Asturias, reúno en un mismo sentimiento de ternura a mi familia por la sangre con mi familia por el corazón, no quiero despedirme de vosotros sin estampar aquí los nombres de los dos ángeles buenos de mi vida: mi madre amadísima y mi amadísima María Berta. A las enseñanzas de una y a los consuelos de la otra, debo lo que nunca podré pagar. La primera inculcándome desde la infancia los principios sólidamente cristianos, que sacaba del fondo de su alma, me dejó trazado el camino recto del deber. La segunda, sosteniéndome en mis amarguras, me dio fuerzas para recorrer con pie firme, sin tropezar en las asperezas que al paso encontraba.

Esculpid en vuestros corazones y enseñad a los balbucientes labios de vuestros hijos esos dos nombres benditos: María Beatriz y María Berta. Y cuando vosotros, que tenéis la dicha también de vivir entre las admirables mujeres españolas, os sintáis confortados por una madre, por una hija, por una hermana, por una esposa, al asomaros al espejo de sus almas y ver en ellas reflejadas las virtudes del cielo, acordaos de que esos son reflejos también de estas dos almas privilegiadas que han iluminado el desierto de mi vida

«¡No me lloréis!»

Os dejo ya, hijos de mi predilección, compañeros de mis combates, copartícipes de mis alegrías y mis dolores.

No me lloréis. En vez de lágrimas dadme oraciones. Pedid a Dios por mi alma y por España, y pensad que al mismo tiempo que vosotros oráis por mí, yo estaré, con la gracia del Salvador del mundo, invocando la Virgen María, a Santiago, nuestro patrón, a San Luis y a San Fernando, mis celestiales Protectores, suplicándoles con la antigua fe española, que en mí se fortaleció en Jerusalén, al pie del sepulcro de Cristo, para que en la tierra se os premie como lo que sois, como cruzados y como mártires.

Antes de cerrar este mi testamento político, y deseando que el presente original, escrito todo de mi puño y letra, quede primero en poder de mi viuda, y faltando ésta, pase a mis legítimos sucesores, saco dos copias, una literal en castellano, y otra en francés, para que se comuniquen a la Prensa de España y de Francia, inmediatamente después de que se hayan cerrado mis ojos.

Hecho en mi residencia del Palacio de Loredán, Campo de San Vito, en Venecia, el día de Reyes del año de gracia de mil ochocientos noventa y siete. Sellado con mi sello real. Consta de seis pliegos, que forman veinticuatro páginas numeradas por mí.

CARLOS

La copia literal en lengua española del Testamento Político de Don Carlos VII, mecanografiada por el propio Rey, estaba en poder de don Jesús Evaristo Casariego, custodiada en su Casona de Barcellina. El polígrafo carlista asturiano había escrito de su puño y letra en las guardas de su encuadernación que a su muerte debía entregarse a la Real Academia de la Historia. Sin embargo desapareció y nunca llegó a la docta institución.

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Acerca de las celebraciones «multiculturales» en Covadonga propuestas por el Gobierno autonómico para 2022

marzo 19, 2020

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En medio de la epidemia que —por culpa de la criminal negligencia de los gobiernos nacional y autonómico— nos mantiene confinados, es fácil olvidar otros asuntos. A principios del pasado mes de febrero José Borge Cordovilla, autor y administrador de Mirabilia Ovetensia y de otras iniciativas sobre conservación, difusión y museización del patrimonio histórico y monumental de Asturias, publicó un manifiesto que no ha recibido toda la difusión que merece. Lo reproducimos a continuación.

Manifiesto sobre los pretendidos actos y celebraciones «multiculturales» propuestos por el Gobierno del Principado de Asturias en Covadonga en 2022

Desde la administración de «Mirabilia Ovetensia» y de todos nuestros demás grupos y páginas de reconstruccionismo histórico, divulgación y promoción de la protección del patrimonio, donde trabajamos en la interpretación de los datos históricos y arqueológicos persiguiendo el máximo rigor, asistimos estupefactos a las políticas de nuestros gobernantes, las cuales, lejos de procurar a la ciudadanía la consecución de los objetivos más arriba expuestos, se dedican, muy por el contrario, al gasto de dinero público en la «colocación» a la población de su ideario político, con fines de adoctrinamiento, ideario éste de importación ajeno —y contrario— al interés general, que, en este caso, no sería otro que el de la disposición de los medios para posibilitar el esclarecimiento de la verdad histórica —para lo cual se precisa el destino de fondos a arqueología e investigación—, y la gestión del patrimonio histórico monumental subsiguiente a través de su correcta conservación, museización y divulgación.

Tal patrimonio constituye el testimonio de nuestra identidad histórica como pueblo. En el caso concreto que nos ocupa, en lugar de investigar y preservar el rico patrimonio de Cangas de Onís y Covadonga, lo que serviría para contribuir a esclarecer la figura de Don Pelayo y la materialidad de la organización primigenia del naciente edificio político del Reino de Asturias, léase, a título de ejemplo: protección y arqueología del «torreón de Cangas», igualmente protección y difusión del «Campo de la Xura», arqueología extensiva en otros enclaves de interés del Concejo, como Santo Toribio (ermita), Mestas de Con, o el propio enclave de Covadonga…

En lugar de eso, se impone a la ciudadanía una «celebración multicultural» cuyo fin no es otro que el de minar el conocimiento histórico, difuminando las verdaderas herramientas para su consecución en un «diálogo entre antiguos adversarios» (sin perjuicio del mismo, como hemos señalado, las prioridades, evidentemente, serían otras), jaleando y dando alas a los colectivos de «negacionistas» de la historia de Asturias y de España, fomentando la teoría de la «ficción legendaria» del personaje de Don Pelayo, quedando, de este modo, difuminadas y en segundo plano, una vez más, nuestras señas de identidad como pueblo.

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Asturias fue la primera en declarar excluidos a dos Príncipes de Asturias, padre e hijo: Carlos Hugo y Carlos Javier

octubre 6, 2016

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Recientemente algunos medios asturianos, haciéndose eco de unos artículos superficiales y sin documentar de una revista digital apropiadamente llamada Vanitatis, han hablado de supuestos Príncipes de Asturias carlistas (lo cual, si fuera verdad, querría decir simplemente Príncipes de Asturias legítimos, Príncipes de Asturias de verdad). E incluso han atribuido al expríncipe Carlos Javier (de Borbón Parma y Lippe-Biesterfeld) la jefatura del Carlismo; lo cual es tan radicalmente falso que mueve a risa. Carlos Javier no es más que un señor holandés muy rico, alto empleado de banca especulativa, casado con una periodista sin rango ninguno, y cuya ignorancia de todo cuanto tenga que ver con el Carlismo es parecida a la de la autora de esos artículos de Vanitatis. Además ni siquiera es católico. Acaba de hacer padrino de bautismo de su hijo Carlos Enrique (un plebeyísimo y encantador bebé al que esos medios quieren hacer pasar por «Príncipe de Asturias carlista») a su primo el Rey de Holanda, calvinista declarado. Por no hablar de otros traspiés anteriores.

Se da la circunstancia de que hace bastantes años, cuando el entonces joven Carlos Javier parecía que podía superar y contrarrestar la traición de su padre Carlos Hugo a la Causa carlista, fueron las Juventudes Tradicionalistas Asturianas las primeras que lanzaron una campaña para darlo a conocer. Cuando este Carlos Javier sí era Príncipe de Asturias, como nieto del último Rey legítimo de las Españas, Don Francisco Javier de Borbón y Braganza, y sobrino del Regente, Don Sixto Enrique de Borbón y Borbón Busset. De tal campaña hablaremos en otra ocasión.

Pero poco después, al igual que veintitantos años antes, tuvo que ser la Junta Carlista del Principado de Asturias la primera en declarar la exclusión del Príncipe de Asturias. La primera vez fue con el padre de Carlos Javier, el mencionado Carlos Hugo. Se declaraba la exclusión, esto es, se daba fe pública de un hecho: que por contravenir los principios de la Tradición e ir contra las leyes tradicionales de España, un príncipe perdía sus derechos y dejaba de serlo. En ambos casos la Junta Regional de Asturias se veía obligada a tomar la iniciativa ante circunstancias anómalas, como eran las causadas por la ausencia de autoridad nacional efectiva de la Comunión Tradicionalista en aquellos momentos. De forma parecida a como en 1808 tuvo que actuar la Junta General del Principado de Asturias, de la cual es directamente sucesora la Junta Carlista.

El documento cuyo facsímil se reproduce arriba es la declaración que la Diputación Permanente de la Junta Carlista del Principado de Asturias emitió en Oviedo el día 4 de noviembre de 1997. Se trata del original —en primicia para LAS LIBERTADES— que permaneció confidencial un tiempo, a petición del periodista que había facilitado la información que aparece señalada con una llave en el margen derecho. Fallecido ya el informante hace años, puede darse a conocer tal cual se firmó.

Por indicación del Regente Don Sixto Enrique, en aquel entonces tampoco se hizo entonces circular demasiado, pues el Duque de Aranjuez albergaba esperanzas de reconducir a su sobrino a la legitimidad y la tradición. Esperanzas a las que no renunció hasta hace poco tiempo, cuando la acumulación de hechos en contrario las convirtieron en definitivamente imposibles. He aquí el texto:

La diputación permanente de la Junta Carlista del Principado de Asturias, ante la falta de organismo superior en el momento presente, ha juzgado necesario hacer pública la presente

DECLARACIÓN:

En 1977, a la muerte en el exilio de S.M.C. Don Javier de Borbón (q.s.g.h.) la normal sucesión se vio truncada por la inhabilitación en que había incurrido su hijo mayor D. Carlos Hugo por su infidelidad a los principios de la Tradición y por su aceptación del régimen imperante.

Desde entonces la Comunión Tradicionalista estuvo bajo la regencia de la Reina viuda Doña Magdalena de Borbón (q.s.g.h.) y del Infante Don Sixto Enrique, Abanderado de la Tradición, en la esperanza de que el hijo mayor de D. Carlos Hugo, S.A.R. Don Carlos Javier de Borbón, cumpliría su deber al alcanzar la mayoría de edad. Es aquí donde comienza la responsabilidad de esta Junta, al haber reconocido a Don Carlos Javier como Príncipe de Asturias legítimo.

Han pasado ya varios años desde que el Príncipe Carlos Javier cumplió la mayoría de edad; sin que, a pesar de algunos signos esperanzadores, haya manifestado su disposición a desempeñar las obligaciones de su rango o a prestar juramento de fidelidad a los principios tradicionales de las Españas y a los derechos y libertades de este Principado.

Por el contrario se dan los siguientes hechos: D. Carlos Javier utiliza documentación española conforme a la legalidad vigente, extremo que siempre había sido evitado por los príncipes de la Dinastía legítima por lo que representa de acatamiento a la usurpación reinante. Ha evitado recibir formación militar, indispensable para el desempeño de sus funciones. Y ha mostrado en otros aspectos su adaptación a los contravalores dominantes.

Los anteriores errores pueden encontrar justificación o disculpa, y atribuirse a inexperiencia o mal consejo. Pero recientemente D. Carlos Javier ha dado otro paso que muestra a las claras su absoluto abandono de las responsabilidades dinásticas y políticas que le corresponden: acompañado de su hermana Dña. María Carolina, ha asistido en Barcelona a la boda de Iñaki Urdangarín con la hija menor del Jefe del Estado, cuya familia representa desde 1833 la antítesis absoluta de la Familia Real carlista.

Este gravísimo error ha sido además innecesario y vergonzoso: la Casa Ducal de Parma fue invitada a la boda por La Zarzuela, sin que se esperase que viniera ninguno de sus miembros. A pesar de la invitación, La Zarzuela suprimió su nombre de la lista oficial de invitados facilitada a los medios de información y su presencia de las fotografías oficiales. Para redondear la humillación, la Infanta Dña. María Teresa (tía de D. Carlos Javier y colaboradora habitual del olvidado D. Carlos Hugo) intentó en el último momento que el diario ABC se hiciese eco de la presencia de sus sobrinos en la boda.

Nos parece manifiesto, pues, que D. Carlos Javier renuncia a sus derechos sucesorios. Éstos pasan, y así lo declaramos, a su hermano menor Don Jaime de Borbón y Lippe-Biesterfeld; de quien esperamos una pronta respuesta.

Entretanto, renovamos nuestra expresión de acatamiento a la regencia de S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón, a quien se comunica la presente Declaración.

En Oviedo, a cuatro de noviembre de mil novecientos noventa y siete, festividad de San Carlos Borromeo, Día de la Dinastía Legítima.

Refrendan esta declaración con su firma: Pablo García-Argüelles Arias. Luis Infante de Amorín. Gonzalo Mata Fernández-Miranda. Jesús de Pedro Suárez. Víctor Rodríguez Infiesta. Manuel de Vereterra Fernández de Córdoba.

Lamentablemente, aquel Jaime de Borbón Parma que era el siguiente en el orden sucesorio ha seguido el mismo proceder irresponsable de su hermano mayor, y ha perdido también todos sus derechos. Pero la Dinastía no se acaba nunca, y las leyes sucesorias tradicionales prevén todas estas circunstancias.

Los leales asturianos, mientras tanto, permanecen vigilantes. La Monarquía tradicional y la sucesión legítima son demasiado importantes para las Españas, como para dejarlas en manos de vanidades.

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Declaración del veinticinco de mayo

mayo 25, 2015

25mayo1808

Junta Carlista del Principado

DECLARACIÓN DEL VEINTICINCO DE MAYO

 

Hoy hace doscientos siete años «deliberó la Junta con asistencia del Real Acuerdo, y por el que se celebró en el día de hoy, llevar á efecto el armamento del Exército Defensivo Asturiano, en obsequio de la Religión, de la Patria, y de la común felicidad».

La Junta Carlista del Principado, continuadora de la legitimidad de aquella Junta General (con la que nada tiene que ver el Parlamentín inventado en 1978) y de sus ideales (los de Dios, Patria, Fueros y Rey legítimo) tiene por costumbre emitir una declaración anual en esta fecha. La de este año no puede obviar que ayer se celebraron unas elecciones dicen que autonómicas, cuyos resultados dan algunos por novedosos. No lo son tanto: el Parlamentín en cuestión está formado por partidos políticos de siglas diversas, pero de considerable parecido en sus programas y en las ideologías que sustentan. Que en realidad no es sino una sola: la ideología de la posmodernidad, último vástago de las de la Revolución francesa que en 1808 intentaban imponer en España Napoleón y sus afrancesados.

Afrancesados son, pues, todos los partidos que se disponen a repartirse los despojos de Asturias. Europeístas, laicistas, divorcistas y abortistas; leales mamelucos del gran capital internacional. Mientras Asturias, y con ella España entera, no se sacuda el lastre de los partidos políticos, no podrá aspirar a la regeneración.

Vemos con esperanza cómo en las elecciones locales celebradas también ayer día 24, en varios concejos de Asturias han obtenido concejales candidaturas y agrupaciones independientes. Ese es el camino: apartar del gobierno municipal a esos partidos políticos inútiles, parasitarios, que dividen y no sirven, que usurpan y no representan.

En los albores de los siglos VIII y XIX, todo parecía perdido. Nuestros enemigos, mahometanos primero y europeos después (mahometanos y europeos, como ahora), eran la marea que anegaba la Cristiandad y amenazaba con tragarse España para siempre. Los asturianos de entonces reaccionaron: gracias a ellos seguimos existiendo hoy.

En esta segunda década del siglo XXI, ¿sabrán los asturianos actuales aprender del ejemplo de sus antepasados? Que el Espíritu Santo, en este tiempo de Pentecostés, así lo conceda.

Siempre presente el lema de nuestras banderas de mil ochocientos ocho:

ASTURIAS NUNCA VENCIDA

Oviedo y Mayo 25 del 2015

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